jueves, 16 de noviembre de 2017

Pie forzado: Segundo (Bosque repentino)

Parecía tener más de cien años, aunque él habría jurado que no tenía más de un día. Había aparecido con el sol,  cubriendo el terreno cuya urbanización traería la prosperidad al barrio. Y se extendía, como todo bosque que merezca ese nombre, hacia más allá del horizonte.

Era la clase de bosque que él había dejado atrás junto a su infancia, alejado de su hogar por la guerra y el hambre. Eran los mismos robles que tapaban la luz, los mismos matorrales que escondían liebres y que hacían silbar el viento al jugar entre sus hojas. Era la canción del bosque, la canción de tiempos perdidos, y él acudió a la llamada.

Su abuela, antes de perderlo todo, le había contado que los caminos los hacían los hombres al seguir siempre la misma ruta. Miles de personas debían haber pisado ese sendero una y otra vez, y casi podía oír las canciones de los leñadores al ir y al volver. Una rama crujió a su paso, vieja y blanca, del color de los dientes caídos. Se prometió que volvería tras el trabajo, ahora sin la bata de doctor, y que haría alguna que otra fotografía.

Pero miles de personas debían haber pisado ese sendero, y él solo era una más. El sol quedaba oculto por las ramas, la canción de los trabajadores sonaba a su derecha y el camino se perdía a la vista no solo hacia delante, sino también por dónde había venido. Apretó el paso, consciente de que llegaría tarde al hospital. Había tardado tres minutos en llegar dónde estaba, por si acaso besó la cruz de jade que antaño le había regalado su esposa.

Un cuervo graznó, a su lado, no muy asustado al verlo allí. Había estado picoteando entre un montón de piedrecitas, se posó en una rama cercana y graznó su nombre. Cuando quiso volver, el sendero ya no estaba allí. Y dónde había estado el cuervo, ahora que podía verlo, no le costó reconocer los despojos que antaño habrían sido una bata de doctor. Él tenía una, un regalo de su fallecida esposa. Y bajo ella, escondido por la maleza, las piedras blancas que no eran ni piedras ni ramas, sino huesos descencajados en una burda imitación de una sonrisa.

El cuervo graznó otra vez su nombre, un dedo frío le acarició la nuca y un solo rayo de luz acarició el bolsillo de lo que había sido una bata. Allí, ahora visible desde su posición, había una pequeña cruz de jade.

No hay comentarios:

Publicar un comentario