jueves, 16 de noviembre de 2017

Pie forzado: Primero (Urbano)

No aguantaba más, tenía que parar. Me apoyé en una pared, metí los dedos en la boca y vomité. Cuando recobré el control de mis sentidos, miré hacia los lados, apenas veía en aquel callejón, una farola a mi izquierda centelleaba. Pude vislumbrar entre los parpadeos una fábrica a mi derecha de ladrillos mohosos con grandes ventanas rotas y frente la luz, un contenedor abierto donde resonaban los ruidos de las ratas. Noté algo en mi brazo, sobresaltado, lo froté con mi mano. Nada. Escuché un quejido, provenía del basurero, pude vislumbrar una silueta humana que se alzaba tras el comedero de las odiosas alimañas. Envalentonado por el alcohol, grité:
- ¿Quién anda ahí? - Advertí el reflejo de unos ojos - ¿¡Qué quieres?! ¡Deja de mirarme!
Di la vuelta, nervioso, dispuesto a salir de aquel maldito lugar, cuando de pronto, una luz cegadora se abalanzó, un claxon sonó, di un salto hacía un lado y un coche pasó a toda velocidad. Oí una risa tras de mí. Enfadado, me giré dispuesto a encararme al mirón, me acerqué, un chapoteo empezó a sonar bajo mis pies. El centelleo se convirtió en oscuridad. Seguí hacía él, no importaba, aún veía su sombra. Golpeé su estómago con el puño y sentí como mi mano quedaba cubierta de una masa gelatinosa. Un chillido agudo taladró mis orejas, noté algo peludo asaltar mi cara, arañazos, mordiscos. Me zarandeé intentando librarme de la bestia, conseguí arrancarla y lanzarla, no sin antes golpearme la espalda contra el poste cercano. La luz volvió, está vez nítida.
Perturbado, dirigí la vista al suelo dispuesto a dar muerte al pequeño cómplice, pero observé unas esquirlas rojas relucir sobre un charco granate, empecé a sentir frío. Levanté la mirada y quedé petrificado ante la imagen de mi adversario: un cuerpo putrefacto sobre el que yacía una cabeza inclinada, atravesada y sostenida por un enorme cristal; un rostro pálido, con ojos vidriosos y labios devorados, me sonreía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario