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jueves, 11 de enero de 2018

Introducción a mi relato


INTRODUCCION A LA HISTORIA DE “TERROR”

 El día era claro, el cielo de un azul intenso sin nubes que impidieran la magnífica visión del lugar. La cumbre de la rocosa cima se recortaba en el cielo, permitiendo delinear perfectamente todos los entrantes y salientes de la pequeña elevación. El hombre, ataviado con una chaqueta gruesa, una mochila y un gorro de ala ancha, miró hacia arriba y sonrió. El lugar era perfecto para la ubicación de un poblado. De hecho, cuando estudiante, había acudido allí para colaborar en la excavación arqueológica de un poblado íbero. Desde donde estaba, se podía distinguir los restos de los muros de las edificaciones que habían podido rescatar del olvido, catalogar e incluir en los listados de yacimientos a proteger.
Sin embargo, su objetivo en ese momento era otro. El poblado no presentaba especiales características diferenciadoras de otros que había excavado a lo largo de su trayectoria profesional, pero sí las tenía un monolito de piedra que se encontraba al pie de la montaña, en una zona especialmente llana y libre de vegetación y que, a pesar de ello, no era visible desde cualquier punto de vista, como si quisiera esconderse de ojos ajenos. Había que acercarse mucho al lugar exacto para encontrarse, casi de bruces, con el antiguo monumento que se conservaba todavía en pie.
El conjunto en sí lo formaban tres piedras colocadas en vertical, una de mayor tamaño en el centro que se apoyaba sobre otra de tamaño algo menor, y una tercera más pequeña situada en la parte superior del conjunto. La piedra no debía ser originaria del lugar, puesto que se trataba de un tipo de arenisca de color gris oscuro y en toda aquella zona no se había encontrado ninguna cantera de este material. Le hubiera gustado tener más conocimientos de geología, para saber exactamente qué tipo de rocas componían la figura, las tres de un color muy uniforme que resaltaba sobre el predominante marrón rojizo de todo el paisaje circundante. Así que se había conformado con la descripción que hicieron en su día cuando excavaban el poblado cercano: arenisca tipo grauvaca, de color gris oscuro, compuesta por feldespatos y micas, con agregados microcristalinos de cuarzo, feldespatos, clorita y sericita. Descripción que no lo ayudaba en absoluto para conocer el significado del objeto erigido en aquel lugar.
Se acercó un poco para observar con detenimiento un orificio perfectamente circular que había en la piedra mediana que servía de soporte a la principal. Supuestamente había servido en origen para colocar allí algún tipo de palanca para elevar la roca y ponerla en su lugar. Sin embargo, la piedra mayor no tenía ningún orificio parecido, lo que hacía pensar en cómo pudieron erigirla. Tal vez empleando la mediana como palanca. La pequeña tuvo que ser más fácil de colocar, puesto que por su tamaño entre dos o tres personas la habrían podido fijar en la parte superior.
Miró el reloj, más por costumbre que por interés, y descargó la mochila, de la que sacó un pequeño y ligero taburete metálico plegable. Buscó una ubicación cercana al monolito donde no le diera el sol de cara y se instaló allí, sacando después un cuaderno de dibujo y unos lápices de la mochila. Había decidido que lo primero que iba a hacer era dibujar el monumento desde todos los ángulos posibles, para así poder fijarse en detalles que tal vez a otros se les hubieran escapado.
Había perdido la noción del tiempo dibujando desde donde estaba, acercándose de vez en cuando al conjunto de piedras para ver esta u otra curva, cuando sintió un cosquilleo en la nuca. No era especialmente intuitivo, pero aquello se asemejaba a esa sensación de sentirse observado. Levantó la vista y miró en derredor. No había nadie. El sol ya estaba en el cénit y volvió a mirar el reloj. Habían pasado casi cuatro horas. Era el momento de un descanso. Sacó un bocadillo envuelto en papel de plata y se levantó. Necesitaba estirar un poco las piernas.
-¿Ya has acabado de dibujar? ¿Puedo verlo?
El hombre dio un salto que le hizo perder el equilibrio y tropezar con una piedra invisible. El bocadillo salió disparado de las manos, dio dos vueltas en el aire y cayó milagrosamente en las manos torpes que se ayudaron del pecho para cogerlo con dificultad.
-¡Uy! Lo siento – dijo la voz – No quería asustarte.
 El hombre se giró como pudo y se quedó pasmado. Ante él estaba una mujer joven, vestida de manera similar a la suya, que lo miraba con una sonrisa amigable mientras él intentaba recuperar la verticalidad y se sentía ridículo abrazando un bocadillo de atún con aceitunas que le había manchado la chaqueta.
-¿Puedo verlo? – repitió señalando el cuaderno con una mano. 

●●● 

El monje corría a toda velocidad por el corredor con las faldas levantadas. Subió un par de escalones y entró en la sala que hacía de biblioteca.
-¡Hermano Jeremías! – gritó nada más cruzar el umbral – ¡Ha vuelto a suceder! ¡Ha pasado de nuevo!
El mentado hermano Jeremías levantó la vista del códice que estaba copiando desde hacía ya un año y lo miró sin alterarse. El monje se acercaba jadeando y sudoroso.
-¡Es ella! – dijo bajando la cabeza y apoyando las manos en las rodillas – La han visto hoy – añadió levantando la mirada, pero sin erguirse.
Jeremías le indicó que se sentara y suavemente colocó los útiles de escritura sobre la robusta mesa inclinada. En el año del señor 1377 el mal había vuelto a hacer su aparición sobre la tierra y le correspondía a él aniquilarlo.  

●●● 

La mujer seguía allí, mirándolo, mientras él no salía de su asombro.
-Sí – balbuceó – Puedes ver el dibujo – dijo mientras se recomponía un poco de la impresión.
Ella se acercó al cuaderno que estaba sobre el taburete y lo cogió, observando el dibujo desde todos los ángulos, acercando y alejando el cuaderno de su cara, girándolo y volviéndolo a poner derecho. Lo miró sonriendo.
-Está muy bien.
-Gracias.
La mujer dejó de nuevo el cuaderno sobre el taburete y dio una vuelta alrededor del monolito rozando con su mano izquierda las piedras grises.
-Es mi lugar favorito – le dijo – ¿Y el tuyo?
-¿Favorito? Pues no sé… Tal vez. Para mí es un lugar arqueológico lleno de misterio.
La mujer lo miró fijamente.
-Hace mucho que no viene nadie por aquí – dijo frunciendo el ceño. – Pensé que se habían olvidado de mí – murmuró.
-¿De ti? – se extrañó él.
-¡Ah, no! – exclamó sonriendo de nuevo – Del lugar, naturalmente.
-¿También estudias este monolito? Es una pieza muy interesante, ¿no crees? Estoy haciendo una investigación para publicar un artículo – dijo ya más repuesto de la sorpresa – Disculpa, no me he presentado. Me llamo Jeremías – le tendió la mano.
La mujer pareció sorprendida.
-Una vez conocí a alguien llamado Jeremías… - dijo muy despacio mirando la mano del hombre con curiosidad y acercando la suya.
Apenas rozaron las manos, Jeremías sintió un escalofrío que le recorrió la espina vertebral y que desapareció cuando la mujer se alejó un poco.
-Mi nombre es Kara – dijo distraídamente volviendo a dar vueltas sobre el monolito – Que significa tormenta. ¿Qué significa el tuyo? Ah, sí… ya lo recuerdo – frunció el ceño y habló con desgana. – El que glorifica a los dioses.
Jeremías no tenía ni idea de qué significaba su nombre; a él no le gustaba demasiado. Simplemente se lo habían puesto como homenaje a su abuelo paterno y en ese preciso momento no sabía qué le había sorprendido más, si el propio significado o que ella lo supiera.
-¿Eres especialista en etimología? ¿Tal vez en antroponimia?
Kara soltó una carcajada.
-¡No! Es solo que… me interesa saber cómo se llama la gente.
Se paró delante de él, al parecer cansada de dar vueltas a las piedras. Miró hacia el cielo con preocupación.
-Tengo que irme.
Jeremías también miró al cielo. Una nube solitaria cubrió el sol momentáneamente, a la vez que se formaba un pequeño remolino de tierra a unos pasos de donde estaban. Se cubrió los ojos con las manos para evitar que le entrara el reguero de arena y le dio la espalda al remolino. Tan solo duró unos segundos. Cuando se despejó de tierra y el sol volvía a verse buscó a Kara con la mirada, pero no estaba. Dio varias vueltas al monolito para encontrarla, la llamó un par de veces e incluso volvió por el camino hasta llegar a su coche, aparcado en una zona más accesible. Definitivamente no estaba. Había desaparecido igual que había llegado.

●●●

 
Nota: quisiera disculparme por la tardanza en subir el texto, que ya está fuera de fecha de corrección, pero lo quería compartir con la clase.
Carmen L. 
 

 

 

 

 

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Luz

En un apartamento de San Petersburgo, frente al ordenador, ojeando las últimas recomendaciones de Youtube mientras oía música con sus auriculares, se hallaba Lenushka.
–Otro vídeo conspiranoico –Pensó mientras leía la cabecera del mismo: “18 imágenes que demuestran que el fin del mundo está cerca” –Para una red social que me interesa… Venga, dame algo que valga la pena.
Siguió deslizando la rueda del ratón mientras aparecían más títulos: “Vlog – La mejor fiesta en las Noches blancas”, “Discurso del presidente 20/6/2018”, “¿Vuelven los grafitis?”, “PELIGRO - El VERDADERO significado de las pintadas en la plaza roja”, “REAL –¡¿Astronauta o alienígena en las afueras de San Petersburgo?!”…
– ¡Puf! Cada verano es peor el contenido, sobre todo en estas fechas, 20 horas de luz son demasiadas para cualquiera. No me extraña que haya tantos borrachos y policía por las calles…

Llevaba una semana encerrada, nunca había sido muy sociable, pero al menos tenía sus series, videojuegos y chorradas varias de Internet. El problema era que su ordenador estaba fallando, tenía que esperar a que llegasen unos componentes para arreglarlo y, a pesar de tener encendidos dos ventiladores, sus orejas sudaban bajo los cascos. Pulsó un vídeo al azar. Tras cinco eternos minutos de carga apareció una ventana con el título azul en negrita que parecía acosarla: “El navegador dejó de funcionar”
– ¡¿En serio?! ¡¿Cuándo va a llegar el maldito paquete?! Encima es imposible dormir tranquila con el barullo de sirenas de la calle.

Decidió hacer ejercicio ya que era lo único que la mantenía cuerda desde hacía días. Se quitó los cascos y sintió el aire refrescar sus orejas, un escalofrío recorrió su cuerpo; conectó los altavoces a todo volumen y empezó con su rutina.

Tras la tercera y última serie de abdominales, varias gotas de sudor bajaban por su frente. Se acercó a un ventilador buscando una brisa de alivio, su recompensa fue un leve olor a chamuscado.  De repente, la música se transformó en un pitido penetrante, Lenushka sobresaltada miró al ordenador y entrevió la pantalla azul que junto a un silencio se oscureció.
–¡Otra vez no! – Exclamó acercándose rápidamente y pulsando el botón de encendido esperando lo peor. No hubo respuesta. Pulsó otra vez. Nada. Y otra. Y otra. Y… –¡Mierda! 

Una gota de sudor cayó en su brazo y pudo reaccionar, necesitaba agua para tranquilizarse. Se dirigió a la cocina y bebió hasta que notó algo inusual. El ruido que la había despertado por la mañana no se escuchaba, pero lo verdaderamente extraño era que no se oía ni un coche, ni un pájaro, ni tan solo un murmullo.

Al mirar por la ventana una inquietud se apoderó de sus adentros, la calle parecía un desierto, no solo por la falta de gente, sino porque los pocos rayos de luz que llegaron a su cabeza fueron abrasadores.
– Con este sol es normal que no haya nadie, pero pensaba que sería más tarde… Bueno, es difícil saber qué hora es en esta época del año – Se dijo para relajarse, entretanto buscó su móvil.

No lo encontraba en el escritorio ni en la cocina, así que revolvió su cama ya deshecha y los bolsillos de los pantalones tirados por la habitación sin resultado. La calma a su alrededor la abrumaba hasta que llegó al baño y al fin, en el suelo junto el retrete, apareció.

Al pulsar para desbloquearlo en la pantalla aparecieron dos avisos bajo la hora: 17:27. 12 llamadas perdidas y 9 mensajes. Comenzó a sentir sus latidos. Intentó desbloquearlo, pero sus dedos se deslizaban dejando un rastro líquido y tuvo que secarse con una toalla. Volvió a intentarlo, esta vez pudo desbloquearlo y ver las llamadas que provenían de su prima junto con un número exageradamente largo al que no prestó demasiada atención. Llamó a su prima, pero al otro lado de la línea le respondió una voz grabada:
– El número que ha marcado no se encuentra disponible.
Miró los mensajes, eran todos del mismo contacto: “Aleshka prima”.

(18/6/2018)
12:26 – “Lenuuu, ¿cómo estás? ¿Te apetece tomar algo?”
14:54 – “Al menos coge el teléfono que quiero contarte un par de cosas que me han pasado”
15:15 – “Bah… Supongo que estarás otra vez con tus cosas, ni sabrás que te he llamado. Llámame cuando puedas, ¿vale?”

 (19/6/2018)
10:18 – (Audio)
–¿Cómo puedes vivir tan incomunicada? – Oyó otra una voz de fondo – Vamos a la sombra – Mañana voy a verte. Siempre me dices que soy una pesada por ir sin avisar, pero parece que vivas en otro mundo.

(20/6/2018)
8:00 –
–¡¿Has visto las noticias?!  Voy a tu casa ahora mismo
8:48 –
– La policía no me ha dejado pasar – Suenan cláxones y silbatos –  Dicen que ya están evacuando tu zona. Pero no sé nada de ti, espero que estés bien...
9:02 –
– Le he dado – Su voz quedó oculta tras un ruido chirriante.

9:02 – “Le he dado tu descripción a un policía y me ha prometido que te buscará personalmente… Espero que solamente te hayas dejado el móvil. También ha dicho que vaya a casa y prepare una maleta con algo de ropa, comida y agua.”

17:08 –
– Suenan voces ininteligibles de fondo–  Estoy en la estación de buses, ¡te he llamado mil veces! Pienso esperarte hasta el último, no puedo creer que... – Alguien gritando no permite oír el final de la frase –¡¿Ha visto a mi...

Escribió: “Voy ahora mismo”, pero el mensaje no se mandaba. Sintió una presión en el pecho, la ropa parecía estrecharse por momentos. Su mente quedó encallada en el último mensaje hasta que una corriente de calor la abofeteó y una puerta se cerró a su espalda. Sus fuerzas flaquearon y tuvo que apoyarse unos instantes en los que averiguó que ocurría, se encontraba junto a la entrada de su edificio, con una mochila a su espalda. Se dirigió hacía el coche a paso rápido, pero tras atravesar la pequeña sombra que ocultaba el portal, su carga se hizo más pesada a cada paso. Al doblar la esquina, su paso recobró el ritmo tras ver el coche cobijado bajo un árbol de hojas mustias que emergía de la acera.  Abrió el coche, bajó todas las ventanillas, dio un trago al agua tibia de su mochila y arrancó.

El viento que entraba por las ventanas era denso y el asfalto relucía.  Sacó unas gafas tintadas de la guantera, seguía sin ver a nadie; tras colocárselas, aceleró. Reducía a cada esquina, no dudaba ante ningún semáforo y cuando estaba a un par de calles de la estación soltó el acelerador ante la acumulación de vehículos que solo dejaban un carril libre. Paró frente la puerta de un coche de policía que bloqueaba el paso. Un olor a quemado inundaba el ambiente, bajó del coche y vio en la entrada de su destino una forma oscura y humeante asomando. Se quedó helada, una densa negrura se elevaba tras el muro del recinto y aquello que asomaba era un autobús.
– No, no, no… ¡Aleshka! –De pronto su bolsillo derecho vibró dos veces, eran mensajes de audio de su prima.

18:04 –
– ¡No vayas a la estación! – Su respiración era agitada – ¡Alguien está quemándolo todo! Era… – Comenzó a sollozar – ¿Por qué ha…?  Esa pobre gente estaba… Solo he podido correr…



En el mar

            ¡Agua! ¡Ahgg! No puedo. Aire. Necesito aire. No, no, no… sal. ¡Arriba! ¡Coff, coff, coff! Es una pesadilla. Negro. Me he caído de la cama y… ¡Odio el agua! ¿Dónde estoy? Soy yo. Yo no. ¡Mierda! Mojado, frío. Oscuridad. Duele el pecho. ¡Algo corre por mi brazo! Ese ruido agudo. Luces. Hay luces por todas part... Coff, coff… Una tos más y vomitaré mi estómago. Me abrasa la garganta. Tengo sed. Agua dulce, no salada. Rodeado de agua salada. ¡No es un sueño!
¡No! Voy a morir aquí. Me va a dar algo. El agua me tragará y no podré respirar. Solo oscuridad. No puedo respirar. Mi cuerpo se hundirá y seré comida de pez. ¡No puedo morir! Tengo cosas que hacer. Es una muerte horrible. Intentar tragar aire y respirar agua que quema por donde pasa. Ya me arde la garganta y el pecho. Ya he tragado una buena cantidad. Tengo sed y el estómago llego de agua. Ja, ja, ja. Estúpida vida. ¿Quién se ha atrevido a hacerme esto? No veo nada. Alguien. Quién. ¡Sacarme de aquí!
-¡Socorro! ¿Alguien puede oírme?
¡Argh…! Coff, coff, coff. ¡Deja de moverte! Quién me va a oír. Solo. ¿Quién? ¿Quién se ha atrevido? Me vengaré. ¡A mí! ¿Cómo? Yo que he, yo he… ¡Ah, el pecho! ¡Respira! Inspirar, dos, tres, cuatro; expirar, uno, dos… ¡Céntrate! No es un sueño. Estoy en el mar. Mojado, tengo frío, me duele el pecho, el costado, las rodillas y la cabeza. No me siento el brazo izquierdo. Me escuece la garganta y las muñecas, como cuando me las esposaron y me despellejé rabioso. No me ahogo. Llevo un buen rato aquí. Sigo incómodo ¿qué es esto? Un chaleco, me aprieta en el costado… ¿Cuándo? ¿Cómo he llegado aquí? ¿¡Quién!?
¡Tranquilízate, sigues vivo! Otra vez. Despacio. Solo respirar. Empiezo a notar mi brazo. El pecho me duele más. ¡Bom, bom…, bom! Me enloquece el retumbar. Tengo que mantener la calma. ¿Eso? Una luz en el cielo. ¿La luna? Respirar, exhalar. Nadie sabía que el agua me asusta. Lo he ocultado desde aquel día. Ni siquiera Carmen. Carmen, Carmen… ¡Claro! Ella ha sido. Me aburrí. Tenía derecho. Ella se debía haber conformado. Seguir disfrutando de la vida. Yo se lo había regalado. Decidió traicionarme ¡Pobre pequeña! Era tan hermosa. Tan dulce. Luego, peor que la bruja del cuento. El dinero todo lo compra.
Dinero, eso es. Me vengaré. Saldré de este podrido mar y encontraré a quién me haya dejado aquí. Eso. Yo, yo, yo… No saben a quién se enfrentan. Soy un superviviente. No tengo… Supero mis miedos. Me enfrento a ellos ¡Soy un hombre! Esto no es nada. Me voy y entonces verán. ¿Dónde está? ¡Piensa! Un hotel. Nieve. Frío. Cerré el trato. El imbécil pensaba que me ganaría en mi juego. Ja, Ja, Ja… ¡Nadie puede conmigo! ¿Habrá sido él? No, todavía no lo sabe. Lo he dejado en la miseria, tardará unos meses en darse cuenta. ¡Céntrate! Gin-tonic en el bar. Una rubia cara, no quise. Mi habitación. Pijama. El mini bar, solo whisky. Una última copa. Y la cama. ¡Pijama! Llevo mi pijama puesto, camiseta y pantalones. No llevo zapatos. ¿Cómo he llegado desde Teruel hasta, hasta, hasta…
¡No puede ser el Mediterráneo! No. No tengo tanto frío. Solo incómodo, mojado. Si fuera el Mediterráneo en invierno, frío, congelado. ¡Cono sur! Seguro. Un mar no muy profundo. No océano. Descarta a mucha gente. Dinero, hace falta dinero. ¿Por qué? Yo no… ¡Mentira! Me gastaría hasta el último céntimo en vengarme. ¿Quién? Tanto dinero. Drogas. Coche. Avión. Callar a los secuaces. Mucho dinero. Tal vez… Sí, un accidente. No, no hay rastro de nadie. No hay trozos de nada. No avión, no barco. No. Nadie ni nada más. Solo yo.
¡Mantente quieto! Eso es. Flotar. Ahorrar energía. Respirar. Saldré de aquí. Sed. El mar está tranquilo. Si nado hacia el oeste encontraré tierra. Poco a poco. Me desplazaré suave. Flotar de espaldas. Mover brazos y pies. Poco. Despacio pero sin parar. Esperaré a que salga el sol y nadaré en dirección contraria. Nadie ni nada puede conmigo. Yo los encontraré, les daré las gracias por ponerme a prueba, por hacerme más fuerte y después les mataré.

Mat

martes, 12 de diciembre de 2017



                                   UNA VISIÓN

“… Me conoces lo suficiente, querido Augusto, como para saber que no di este paso sin algo de desesperación. Llevo años siendo carne de psiquiatra sin lograr apenas mejorar, y al final acepté la sugerencia de que una temporada en el campo podría calmar mis nervios o lo que quiera que sea que funciona mal en mi mente.
Es lo que se llamaba antaño una cura de tranquilidad, y como hoy en día los balnearios no son sino lugares de cita de la sociedad, llenos de ajetreo, lo que yo necesitaba era un lugar realmente apartado de toda sociedad humana. En este aspecto, Manent cumple con creces todas las expectativas. Un pueblo pequeño, casi una aldea, mal comunicada por pésimos caminos, de modo que sólo por tren, que para en un apeadero distante pocos kilómetros del lugar, se puede llegar a él con alguna comodidad. El sitio es pintoresco, pero en modo alguno idílico. Lo rodean muchos bosques, pues hasta en eso no ha llegado aquí el progreso y no se recuerda que haya habido nunca incendios.
La  gente se dedica casi exclusivamente a una agricultura de subsistencia y apenas se ha desarrollado alguna pequeña industria. Luz y agua tenemos, gracias al Cielo, pero poco más. Pocos teléfonos, nada de cobertura para móviles o para wifi , y, como es de imaginar, no había más forastero que yo. La afortunada circunstancia de que mi prima Elisa tuviera aquí una casa, algo abandonada, pero espaciosa y provista de una buena chimenea, me hizo pensar en este sitio como refugio para mis males, y la verdad es que los primeros días me pareció que había acertado.
Aún hacía frío, de modo que tenía que encender todas las tardes el fuego (la provisión de leña es inagotable), pero aun así,  las mañanas eran deliciosas y, apenas salía el sol,  me daba largos paseos antes de desayunar,  mientras una mujer del pueblo, contratada al efecto, me aseaba sumariamente la casa. A la vuelta, tras comprar lo indispensable para mis frugales comidas, me sumergía en la lectura, en la escritura o en la meditación. Y cosa similar hacía por las tardes, un nuevo paseo por los alrededores, lectura junto al fuego, etc…Lo creas o no, me iba a la cama cansado y dormía a pierna suelta. ¡Era la felicidad!
Los paseos me permitían dar vueltas en la cabeza a una idea o lo último leído, con el grato telón de fondo del paisaje. Hay aquí zonas descuidadas y desnudas de vegetación, pero ahora en primavera todo está lleno de flores silvestres, modestas, pero de grato colorido. No, no he oído ningún ruiseñor, pero hasta las bandadas de grajos que evolucionaban por el cielo haciendo figuras geométricas me entretenían.
Habrás observado que te escribo en pasado y es que ayer ocurrió un incidente, de cuyo significado aún dudo, que ha alterado del todo mi plácida vida y las gratas impresiones iniciales, y lo que, en definitiva, es el que motiva esta carta.
Uno de los mayores placeres de mi estancia es que he evitado sin dificultad el trato con la gente. Apenas un saludo, las cuatro frases precisas para comprar lo que me es necesario, y sólo algo más para indicar a la mujer que viene a limpiar lo que quiero que haga. Es cierto que la gente del pueblo me mira inquisitiva, con tanto mayor interés cuanto que no suele ver forasteros, y menos aún fuera de temporada. Pero parece gente agradable, o al menos no especialmente hosca. En cualquier caso, la he estado ignorando amparándome en un “¡buenos días!” ritual cada vez que me cruzaba con alguien.
No obstante, traía yo un malhadado encargo de mi prima. Ésta, sociable por naturaleza, estaba empeñada en que trabara conocimiento con todo el mundo, pero al final redujo su interés a una buena y antigua amiga suya, Amelia Lozano, a la que no veía desde hacía muchos años, pero a quien quería que yo saludara en su nombre. Supongo que esperaba que me invitaría a comer y que entablaría amistad con ella y su familia y… En fin, ya puedes suponer cómo es mi prima, como el común de las personas. No quise discutirlo con ella, pero estaba decidido a responder con firmes negativas a cualquier hipotética invitación. No había venido yo a este lugarejo a hacer vida social.
La amiga de mi prima vivía en una casona algo apartada del pueblo, de camino al apeadero del ferrocarril. Eso, y mi pereza por entablar relaciones con los naturales del lugar me hizo aplazar unos cuantos días el cumplimiento de la ineludible obligación. Pero al fin, una tarde, la de ayer, decidí acercarme a su casa y saludarla en nombre de mi prima.
Planeé la visita para evitar que se alargara. Calculé que el paseo hasta su casa sería de una media hora y que si iba a una hora más bien tardía, siempre podría pretextar la caída de la noche para volverme al poco rato. La cuestión estribaba en no aceptar invitación alguna para el futuro. De modo que emprendí el camino casi a las 6. Una tarde deliciosa, por lo demás, templada todavía por los rayos de un sol que aún tardaría una hora larga en ponerse.
O me entretuve contemplando el camino, nuevo para mí, o la distancia que había que recorrer cuesta arriba era mayor de la calculada, pero el caso es que cuando llegué el sol estaba ya bastante bajo. Mejor, pensé, así me volveré antes.
Me abrió una adolescente, una muchachita de rostro animado y gafitas, a la que calculé 14 o 15 años, y que tras preguntar yo por la señora Lozano, dijo ser su sobrina. Fue a avisarla, y tras anunciarme que su tía  bajaría enseguida, me hizo sentar, dándome, muy amable, conversación:
– ¿Conoce usted a mucha gente aquí? –me preguntó
– ¡Oh, no!, a nadie, en realidad. Es mi prima la que tiene una casa aquí y en otro tiempo fue amiga de su tía, aunque hace años que no se ven.

– Entonces no sabrá nada de lo que le pasó a mi tía, ¿verdad?