martes, 12 de diciembre de 2017



                                   UNA VISIÓN

“… Me conoces lo suficiente, querido Augusto, como para saber que no di este paso sin algo de desesperación. Llevo años siendo carne de psiquiatra sin lograr apenas mejorar, y al final acepté la sugerencia de que una temporada en el campo podría calmar mis nervios o lo que quiera que sea que funciona mal en mi mente.
Es lo que se llamaba antaño una cura de tranquilidad, y como hoy en día los balnearios no son sino lugares de cita de la sociedad, llenos de ajetreo, lo que yo necesitaba era un lugar realmente apartado de toda sociedad humana. En este aspecto, Manent cumple con creces todas las expectativas. Un pueblo pequeño, casi una aldea, mal comunicada por pésimos caminos, de modo que sólo por tren, que para en un apeadero distante pocos kilómetros del lugar, se puede llegar a él con alguna comodidad. El sitio es pintoresco, pero en modo alguno idílico. Lo rodean muchos bosques, pues hasta en eso no ha llegado aquí el progreso y no se recuerda que haya habido nunca incendios.
La  gente se dedica casi exclusivamente a una agricultura de subsistencia y apenas se ha desarrollado alguna pequeña industria. Luz y agua tenemos, gracias al Cielo, pero poco más. Pocos teléfonos, nada de cobertura para móviles o para wifi , y, como es de imaginar, no había más forastero que yo. La afortunada circunstancia de que mi prima Elisa tuviera aquí una casa, algo abandonada, pero espaciosa y provista de una buena chimenea, me hizo pensar en este sitio como refugio para mis males, y la verdad es que los primeros días me pareció que había acertado.
Aún hacía frío, de modo que tenía que encender todas las tardes el fuego (la provisión de leña es inagotable), pero aun así,  las mañanas eran deliciosas y, apenas salía el sol,  me daba largos paseos antes de desayunar,  mientras una mujer del pueblo, contratada al efecto, me aseaba sumariamente la casa. A la vuelta, tras comprar lo indispensable para mis frugales comidas, me sumergía en la lectura, en la escritura o en la meditación. Y cosa similar hacía por las tardes, un nuevo paseo por los alrededores, lectura junto al fuego, etc…Lo creas o no, me iba a la cama cansado y dormía a pierna suelta. ¡Era la felicidad!
Los paseos me permitían dar vueltas en la cabeza a una idea o lo último leído, con el grato telón de fondo del paisaje. Hay aquí zonas descuidadas y desnudas de vegetación, pero ahora en primavera todo está lleno de flores silvestres, modestas, pero de grato colorido. No, no he oído ningún ruiseñor, pero hasta las bandadas de grajos que evolucionaban por el cielo haciendo figuras geométricas me entretenían.
Habrás observado que te escribo en pasado y es que ayer ocurrió un incidente, de cuyo significado aún dudo, que ha alterado del todo mi plácida vida y las gratas impresiones iniciales, y lo que, en definitiva, es el que motiva esta carta.
Uno de los mayores placeres de mi estancia es que he evitado sin dificultad el trato con la gente. Apenas un saludo, las cuatro frases precisas para comprar lo que me es necesario, y sólo algo más para indicar a la mujer que viene a limpiar lo que quiero que haga. Es cierto que la gente del pueblo me mira inquisitiva, con tanto mayor interés cuanto que no suele ver forasteros, y menos aún fuera de temporada. Pero parece gente agradable, o al menos no especialmente hosca. En cualquier caso, la he estado ignorando amparándome en un “¡buenos días!” ritual cada vez que me cruzaba con alguien.
No obstante, traía yo un malhadado encargo de mi prima. Ésta, sociable por naturaleza, estaba empeñada en que trabara conocimiento con todo el mundo, pero al final redujo su interés a una buena y antigua amiga suya, Amelia Lozano, a la que no veía desde hacía muchos años, pero a quien quería que yo saludara en su nombre. Supongo que esperaba que me invitaría a comer y que entablaría amistad con ella y su familia y… En fin, ya puedes suponer cómo es mi prima, como el común de las personas. No quise discutirlo con ella, pero estaba decidido a responder con firmes negativas a cualquier hipotética invitación. No había venido yo a este lugarejo a hacer vida social.
La amiga de mi prima vivía en una casona algo apartada del pueblo, de camino al apeadero del ferrocarril. Eso, y mi pereza por entablar relaciones con los naturales del lugar me hizo aplazar unos cuantos días el cumplimiento de la ineludible obligación. Pero al fin, una tarde, la de ayer, decidí acercarme a su casa y saludarla en nombre de mi prima.
Planeé la visita para evitar que se alargara. Calculé que el paseo hasta su casa sería de una media hora y que si iba a una hora más bien tardía, siempre podría pretextar la caída de la noche para volverme al poco rato. La cuestión estribaba en no aceptar invitación alguna para el futuro. De modo que emprendí el camino casi a las 6. Una tarde deliciosa, por lo demás, templada todavía por los rayos de un sol que aún tardaría una hora larga en ponerse.
O me entretuve contemplando el camino, nuevo para mí, o la distancia que había que recorrer cuesta arriba era mayor de la calculada, pero el caso es que cuando llegué el sol estaba ya bastante bajo. Mejor, pensé, así me volveré antes.
Me abrió una adolescente, una muchachita de rostro animado y gafitas, a la que calculé 14 o 15 años, y que tras preguntar yo por la señora Lozano, dijo ser su sobrina. Fue a avisarla, y tras anunciarme que su tía  bajaría enseguida, me hizo sentar, dándome, muy amable, conversación:
– ¿Conoce usted a mucha gente aquí? –me preguntó
– ¡Oh, no!, a nadie, en realidad. Es mi prima la que tiene una casa aquí y en otro tiempo fue amiga de su tía, aunque hace años que no se ven.

– Entonces no sabrá nada de lo que le pasó a mi tía, ¿verdad?

No hay comentarios:

Publicar un comentario