María se
quedó inmóvil. Quería gritar con todas sus fuerzas, pero no podía articular
palabra. No fue capaz de correr, como hizo Ana, hacia el lugar del que
provenían las voces cuando comenzó a llover. Estaba sola.
Se sintió abandonada, como tantas otras
veces en su vida.
La noche se acercaba y apenas se veían
destellos de luz entre los árboles. La lluvia calaba su ropa y un fango denso y
negro empapaba sus pies. Los truenos y los gorjeos de las aves eran cada vez
más intensos.
Sabía que no era una buena idea
adentrarse en el bosque, pero no supo decirle que no. Ana era la única amiga que tenía. La
única persona significativa desde que murió su madre.
Había oído hablar del Bosque de O Rexo mucho antes de que se
organizara la excursión. Le interesaba cualquier noticia escabrosa que llegara
a sus oídos, y sabía que en las cercanías del
bosque fueron asesinadas y descuartizadas decenas de mujeres años atrás, aunque
nunca se hizo justicia por estos crímenes. Desde entonces, algunas personas del
lugar aseguraban escuchar las voces de esas mujeres.
Ana no fue a la excursión para ver el Ecoespacio del Rexo, ni la propuesta
artística de Agustín Ibarrola, ni el trazo de las pinturas en las piedras y en los árboles. Quería
investigar aquel misterio y consiguió que
María le acompañara en su aventura exploratoria.
Escéptica, confundida, aterrada...Pero accedió.
Al fin y al cabo tan solo se iban a alejar unos pocos metros del grupo. O eso
pensaba ella...
Se adentraron
juntas en el bosque. Y se quedó sola cuando Ana se marchó.
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