lunes, 8 de enero de 2018

SUBTERRÁNEO

Después de que sus hijas, ya mayores, hubieran dejado la casa familiar, Julia pensó que era conveniente deshacerse de la misma, vendiéndola. Tenía la propiedad compartida con su exmarido. No le importó, era demasiado grande para ella sola. Con la parte que le correspondió de la venta y un poco más, que le prestó el banco, tuvo suficiente para comprarse un pequeño ático y una plaza de garaje en otro barrio de su ciudad.

Necesariamente tuvo que buscar el aparcamiento para su coche en un lugar distinto del edificio donde vivía, era difícil encontrar plazas de garajes en edificios centenarios. Lo encontró en un parking, casi recién construido, bajo un gran mercado, un subterráneo de dos plantas. La plaza estaba en el segundo sótano, allí los precios eran más económicos, y aunque Julia tuvo sus dudas se decidió por él.

Hacía pocos meses que vivía en él, pero le gustaba su nuevo barrio. Casi todos sus edificios fueron construidos sobre los años 30, eran vistosos y con un suave estilo art decó.  Estaba cercano al centro de la ciudad y sus calles estaban llenas de vida. Cuando llegaba al barrio a última hora de la tarde, de vuelta de su trabajo, las tiendas estaban todavía abiertas, algunos vecinos paseaban en compañía de sus perros  y otros sentados en las terrazas de los bares conversaban. Ese ambiente acogedor de atardecer le daba sensación de bienestar.

Sensación que iba desapareciendo,  por algún motivo, cuando bajaba la larga rampa que unía la calle con el primer sótano del parking. Al llegar al final esperaba que la puerta automática se cerrara detrás de ella, como una medida recomendada de seguridad. La puerta no muy ajustada daba un golpe metálico y seco, que aunque ella ya esperaba y conocía, siempre le producía un sobresalto y una desazón interior.  Del exterior conocido y familiar sólo quedaba una línea de luz tenue que entraba con la rendija de la parte inferior de la gran puerta de metal gris oscuro.

Raramente se encontraba con alguien que fuera a aparcar o a recoger su coche al mismo tiempo que ella. Todavía quedaban bastantes plazas libres, pendientes de vender o alquilar.

 El constructor del  aparcamiento, seguramente para su mayor negocio económico, había aprovechado al máximo la superficie del gran sótano, para que cupiesen el mayor número de vehículos. El espacio era algo desalentador. Para Julia era como un túnel angosto y largo, de techos bajos y poco iluminado y, a veces, aunque era de reciente construcción, según la meteorología exterior, entraba un olor a aguas residuales por las rejillas de los desagües.

No le llevaba más de cinco minutos,  el tiempo que transcurría desde que se cerraba la puerta de entrada hasta que hacía el recorrido y la maniobra para aparcar. Una línea recta hasta el fondo de la primera planta, un descenso por una rampa en curva cerrada para bajar al segundo sótano. De nuevo una línea recta hasta la mitad del pasillo y maniobraba para aparcar, marcha atrás, en la plaza marcada con el número 313.

Aquél día era jueves, el último del mes de un cálido noviembre, Julia terminó sobre las seis en la oficina. El informe que debía hacer sobre la situación inmobiliaria en una zona de la costa alicantina le había dejado algo aturdida. Los datos eran de los más diversos  y confusos, igual se podía hablar de crisis que de repunte en el sector. El banco para el que trabajaba se lo había encargado porque quería valorar la posibilidad de hacer una campaña publicitaria sobre hipotecas en esa zona. Se dejó la redacción del informe para el día siguiente. Cogió su coche. Aunque había bastante tráfico. En media hora llegó desde su oficina al otro lado de la ciudad donde estaba su barrio.

Julia se notó cansada y pensó que estaba algo alterada, no sólo por los muchos datos que había tenido que leer,  para su informe inconcluso, sino porque la noche anterior se había quedado dormida viendo en la TV una serie que la protagonizaban, como la mayoría que se hacían en la actualidad, por dos policías detectives, un hombre y una mujer, en busca de un asesino con apariencia de buena persona y buen padre de familia, pero que elige a sus víctimas con especial cuidado y les mata con una desmesurada sofisticación. Julia dio un sobresalto y despertó de un primer sueño en el sofá, cuando ya el asesino había descuartizado a su segunda víctima, que por supuesto era una mujer, cómo siempre en las películas americanas. Se incorporó, apagó la televisión y se fue a la cama, algo enfadada consigo misma,  por no darse cuenta que el tema de la serie no era el más apropiado en ese momento de relajación que precede al sueño.


Por ello, cuando esa tarde bajaba la rampa del garaje, notó que su angustia era mayor que otros días, todo le parecía más intenso, su percepción estaba más sensible. El tiempo para que se cerrara la puerta de entrada le pareció infinito y creyó ver una sombra con forma humana, que se adentraba en el garaje por delante de ella, reflejada en una de las paredes interiores del sótano, que estaba mínimamente iluminado por la luz de led. Se sobresaltó y encendió los faros de su coche para ver si veía a alguien o había sido una alucinación. Pensó: “Calma, Julia”. Y espero, a ver, si oía algún motor en marcha, alguien debía haber entrado a por su coche y, en breve, arrancaría su vehículo. Por ello agudizo su oído, pero tras el paso de un tiempo, que le pareció suficiente, no oyó nada. Su mente mando un mensaje a todo su cuerpo,  se tensó e irónicamente se dijo para sí: ¡Ojito, hoy la travesía subterránea va a ser dificultosa! Suspiró profundamente y metió la primera marcha, piso suavemente el acelerador soltando el embrague para iniciar el trayecto.

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