Después de que sus hijas, ya mayores, hubieran
dejado la casa familiar, Julia pensó que era conveniente deshacerse de la misma,
vendiéndola. Tenía la propiedad compartida con su exmarido. No le importó, era
demasiado grande para ella sola. Con la parte que le correspondió de la venta y
un poco más, que le prestó el banco, tuvo suficiente para comprarse un pequeño
ático y una plaza de garaje en otro barrio de su ciudad.
Necesariamente tuvo que buscar el aparcamiento para
su coche en un lugar distinto del edificio donde vivía, era difícil encontrar
plazas de garajes en edificios centenarios. Lo encontró en un parking, casi
recién construido, bajo un gran mercado, un subterráneo de dos plantas. La
plaza estaba en el segundo sótano, allí los precios eran más económicos, y
aunque Julia tuvo sus dudas se
decidió por él.
Hacía pocos meses que vivía en él, pero le gustaba
su nuevo barrio. Casi todos sus edificios fueron construidos sobre los años 30,
eran vistosos y con un suave estilo art decó. Estaba cercano al centro de la ciudad y sus
calles estaban llenas de vida. Cuando llegaba al barrio a última hora de la
tarde, de vuelta de su trabajo, las tiendas estaban todavía abiertas, algunos
vecinos paseaban en compañía de sus perros
y otros sentados en las terrazas de los bares conversaban. Ese ambiente
acogedor de atardecer le daba sensación de bienestar.
Sensación que iba desapareciendo, por algún motivo, cuando bajaba la larga rampa
que unía la calle con el primer sótano del parking. Al llegar al final esperaba
que la puerta automática se cerrara detrás de ella, como una medida recomendada
de seguridad. La puerta no muy ajustada daba un golpe metálico y seco, que aunque
ella ya esperaba y conocía, siempre le producía un sobresalto y una desazón
interior. Del exterior conocido y
familiar sólo quedaba una línea de luz tenue que entraba con la rendija de la
parte inferior de la gran puerta de metal gris oscuro.
Raramente se encontraba con alguien que fuera a
aparcar o a recoger su coche al mismo tiempo que ella. Todavía quedaban
bastantes plazas libres, pendientes de vender o alquilar.
El
constructor del aparcamiento,
seguramente para su mayor negocio económico, había aprovechado al máximo la
superficie del gran sótano, para que cupiesen el mayor número de vehículos. El
espacio era algo desalentador. Para Julia era como
un túnel angosto y largo, de techos bajos y poco iluminado y, a veces, aunque
era de reciente construcción, según la meteorología exterior, entraba un olor a
aguas residuales por las rejillas de los desagües.
No le llevaba más de cinco minutos, el tiempo que transcurría desde que se
cerraba la puerta de entrada hasta que hacía el recorrido y la maniobra para
aparcar. Una línea recta hasta el fondo de la primera planta, un descenso por
una rampa en curva cerrada para bajar al segundo sótano. De nuevo una línea
recta hasta la mitad del pasillo y maniobraba para aparcar, marcha atrás, en la
plaza marcada con el número 313.
Aquél día era jueves, el último del mes de un cálido
noviembre, Julia terminó sobre las seis en la oficina. El informe que debía
hacer sobre la situación inmobiliaria en una zona de la costa alicantina le
había dejado algo aturdida. Los datos eran de los más diversos y confusos, igual se podía hablar de crisis
que de repunte en el sector. El banco para el que trabajaba se lo había encargado
porque quería valorar la posibilidad de hacer una campaña publicitaria sobre
hipotecas en esa zona. Se dejó la redacción del informe para el día siguiente. Cogió
su coche. Aunque había bastante tráfico.
En media hora llegó desde su oficina al otro lado de la ciudad donde estaba
su barrio.
Julia se notó cansada y pensó
que estaba algo alterada, no sólo por los muchos datos que había tenido que
leer, para su informe inconcluso, sino
porque la noche anterior se había quedado dormida viendo en la TV una serie que
la protagonizaban, como la mayoría que se hacían en la actualidad, por dos
policías detectives, un hombre y una mujer, en busca de un asesino con
apariencia de buena persona y buen padre de familia, pero que elige a sus víctimas
con especial cuidado y les mata con una desmesurada sofisticación. Julia dio un
sobresalto y despertó de un primer sueño en el sofá, cuando ya el asesino había
descuartizado a su segunda víctima, que por supuesto era una mujer, cómo siempre
en las películas americanas. Se incorporó, apagó la televisión y se fue a la
cama, algo enfadada consigo misma, por
no darse cuenta que el tema de la serie no era el más apropiado en ese momento
de relajación que precede al sueño.
Por ello, cuando esa tarde bajaba la rampa del
garaje, notó que su angustia era mayor que otros días, todo le parecía más
intenso, su percepción estaba más sensible. El tiempo para que se cerrara la
puerta de entrada le pareció infinito y creyó ver una sombra con forma humana, que se adentraba en el garaje por delante de ella, reflejada en una de las
paredes interiores del sótano, que estaba mínimamente iluminado por la luz de
led. Se sobresaltó y encendió los faros de su coche para ver si veía a alguien
o había sido una alucinación. Pensó: “Calma, Julia”. Y espero, a ver, si oía algún
motor en marcha, alguien debía haber entrado a por su coche y, en breve,
arrancaría su vehículo. Por ello agudizo su oído, pero tras el paso de un
tiempo, que le pareció suficiente, no oyó nada. Su mente mando un mensaje a
todo su cuerpo, se tensó e irónicamente
se dijo para sí: ¡Ojito, hoy la travesía subterránea va a ser dificultosa!
Suspiró profundamente y metió la primera marcha, piso suavemente el acelerador
soltando el embrague para iniciar el trayecto.
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