lunes, 22 de enero de 2018

Escena del nudo

Esta es la parte de la introducción que enlaza con la escena del nudo:
  
El monje corría a toda velocidad por el claustro con las faldas levantadas. Subió un par de escalones y entró en la sala que hacía de biblioteca.
– ¡Hermano Jeremías! – gritó nada más cruzar el umbral – ¡Ha vuelto a suceder! ¡Ha pasado de nuevo!
El mencionado hermano Jeremías levantó la vista del códice que estaba copiando desde hacía ya un año y lo miró sin alterarse. El monje se acercaba jadeando y sudoroso.
– ¡Es ella! – dijo bajando la cabeza y apoyando las manos en las rodillas – La han visto hoy – añadió levantando la mirada, pero sin erguirse.
Jeremías le indicó que se sentara y suavemente colocó los útiles de escritura sobre la robusta mesa inclinada. En el año del Señor 1377 el mal había vuelto a hacer su aparición sobre la tierra y le correspondía a él aniquilarlo.
 
El fraile avanzaba con rapidez hacia el pueblo, sudoroso por el esfuerzo de transportar una pesada bolsa a su espalda. El monasterio estaba a unos escasos veinte minutos del pueblo y el camino discurría por campos de cultivo, la mayoría pertenecientes a la congregación. El hermano Tomás, su ayudante y quien lo había avisado, llevaba una bolsa igual a la suya o incluso más pesada y, aún así, le llevaba la delantera unos pasos. “Hace treinta años no me habría pasado”, pensó.
Llegando al pueblo, el camino se hizo más pesado, los pies dejaron de obedecerle y no los podía levantar con la misma ligereza que al principio. Sintió algo extraño rozándole los pies y miró hacia abajo. No podía verse las sandalias. La tierra se había mojado con un líquido de color verdusco y había formado una capa de barro de la que salían algunas burbujas que explotaban cuando llegaban al tamaño de una naranja. Era una mezcla espesa y viscosa, que se pegaba a la piel y dificultaba el movimiento. Vio al hermano Tomás tratando con toda la fuerza de sus veintipocos años andar entre aquella masa pringosa que se extendía por todo alrededor.
Recordó uno de los muchos manuscritos de ciencias ocultas que había estado estudiando en la biblioteca, especialmente una miniatura en el lateral de uno de los párrafos. Era su deber fijarse en todos los detalles por pequeños que fueran, al ser el hermano encargado de vigilar la aparición del maligno en este mundo. En la ilustración se veían unos diablillos de color verde, desnudos, mostrando sus enormes y desproporcionados atributos masculinos, que danzaban sobre una tierra que iba adquiriendo su mismo color verdusco a medida que la pisaban.
Miró de nuevo sus pies enterrados. El fango que estaba pisando era una señal.
El hermano Tomás se había adelantado mucho y ya estaba a la altura de la primera casa. En la puerta, que tenía un tablón de madera en la parte inferior del umbral para evitar la entrada del barro, una mujer asomó la cabeza para ver al visitante y, al comprobar que era un monje, la abrió de par en par con los brazos abiertos. El hermano Tomás se giró entonces para localizar a su mentor. Este se debatía penosamente contra el lodazal en que se había convertido el camino.
Al cabo de unos minutos el hermano Jeremías alcanzó la primera casa, donde la mujer ya estaba relatando de forma atropellada lo que pasaba.
– Surgió de repente, como una maldición – oyó que decía. – No podemos salir de casa.
El hermano Jeremías pidió permiso para entrar en la vivienda. Allí descargaron las bolsas y se limpiaron un poco los pies. La mujer apenas sabía nada, tan solo le habían dicho que ella había aparecido de nuevo y había transformado el mundo en un barrizal verde. Jeremías sacó de su bolsa un tarro de cerámica, lo rellenó hasta el borde con el mejunje viscoso de sus pies y lo tapó, atando alrededor del envase una cuerda para evitar que se abriera. Lo analizaría con la ayuda del hermano boticario y sus pócimas. 
– ¿Sabéis hasta donde llega el barro? – le preguntó Jeremías.
La mujer lo miró con los ojos muy abiertos.
– ¡Hasta el fin del mundo, hermano! ¡Hasta el fin del mundo!
– ¿Tenéis una puerta trasera? – siguió Jeremías.
Los guió hasta la parte posterior de la casa, donde había un cuartucho con una ventana que mediría algo más de medio metro por cada lado. Jeremías la abrió y comprobó que el barro también discurría por allí pero que, un poco más allá, había un terreno algo más elevado donde no había llegado el nivel de lodo. Era un montículo que tal vez les permitiría avanzar con mayor rapidez hasta encontrar el origen de aquel desastre.
Una vez en zona seca, los monjes acabaron de limpiarse los pies. El hermano Tomás se levantó primero y subió hasta la parte más alta. Todo estaba verde. Miró hacia donde estaba el hermano Jeremías. Estaba examinando un mapa. Subió con el pergamino en las manos y, sin inmutarse por el extraño aspecto de lo que le rodeaba, se puso a otear a derecha e izquierda.
– Es por allí – señaló hacia el noroeste.
 
Carmen L. 
 
 

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