– Entonces no sabrá nada de lo que
le pasó a mi tía, ¿verdad?
Ciertamente, no sabía nada. Ni si era soltera o casada, y el que tuviera una sobrina no me
aclaraba mucho.
–No, claro, ni siquiera su prima lo
sabrá. Su tragedia ocurrió hace sólo tres años
– ¿Su tragedia? –pregunté con
asombro. Tanto el lugar como la casa parecían incompatibles con semejante
palabra. Pero la joven había seguido hablando.
– Usted se habrá preguntado por qué
en una tarde de abril tenemos abierta la puerta del jardín, ¿verdad?
Yo no me había preguntado nada. Ni
siquiera me había fijado en eso, pero me sentí obligado a responder:
–Está haciendo bastante calor para
la época en que estamos. Pero, eso, ¿qué tiene que ver con la tragedia?
– Por esa puerta, hace tres años,
su marido y sus dos hijos salieron un día a cazar por la zona de los páramos
que hay cerca del pantano. Nunca regresaron. Debieron quedar atrapados en una
ciénaga. Fue un año muy lluvioso, y los terrenos, que de ordinario son firmes, cedían
con facilidad. Lo peor es que nunca encontraron sus cuerpos. Y mi pobre tía
sigue creyendo que un día ellos, y el setter
que les acompañaba, han de volver, y que entrarán, como solían hacerlo, por la
puerta del jardín. Por eso insiste en mantenerla abierta hasta que se hace de
noche. Hasta yo misma, a veces, en tardes tranquilas como ésta, tengo también
la sensación de que van a volver a entrar por esa puerta, e incluso miro sin
querer a la lejanía a ver si los diviso…
Fue un alivio para mí que en ese
momento apareciera su tía, una mujer de mediana edad y buena apariencia, que tras
excusarse por su tardanza, me dijo:
–Ya le echaba en falta. Elisa me
advirtió de su llegada, y espero poder darle algo de distracción en estas
soledades – Y haciendo un brusco inciso, preguntó– ¿No le molestará que tenga
la puerta del jardín abierta, verdad? Es
que mi marido y mis hijos están cazando y cuando vuelvan han de entrar por ahí,
pues si lo hicieran por la puerta principal me ensuciarían las alfombras,
porque vendrán llenos de barro.
Y siguió hablando con toda
normalidad de la caza, que cada vez abundaba menos, incluso en los terrenos
cenagosos próximos al pantano, que distaban unos 10 kilómetros. Pero, por lo
demás, añadió, es un sano ejercicio para los hombres que llevan una vida
sedentaria…Yo, que creí ver en sus palabras un esbozo de invitación, estaba
horrorizado, y traté de desviar su atención hacia otro tópico.
– En realidad, he venido aquí a
disfrutar de paz y tranquilidad. Los médicos me han recomendado absoluto reposo
de mente, nada de preocupaciones y sólo ejercicio físico moderado. En cambio–
continué sin transición para alejarla de su manía– no tienen claro que deba
someterme a una dieta, así que lo han dejado a mi albedrío…
– ¿No?–preguntó distraída mi anfitriona. Pero en
seguida su atención se reavivó al mirar por la puerta del jardín y, con voz
animada, exclamó– ¡Por fin vienen! Un poco tarde para merendar, pero tomaremos algo
ligero en cuanto se cambien. Vendrán cubiertos de barro.
Me estremecí y miré, pero desde mi
ángulo no se veía el camino que salía del jardín. Miré entonces a la sobrina y
la vi con expresión ensimismada de horror, mirando en la misma dirección que su
tía. Sin poder evitarlo, me levanté del asiento y me acerqué hasta colocarme en
la misma línea que tía y sobrina. Y entonces los vi.
Tres figuras atravesaban por el
sendero el amplio jardín. Como ya anochecía sólo se veían sus siluetas. Uno era
más robusto y alto que los otros dos, pero todos ellos llevaban sus escopetas
de caza bajo el brazo. Les seguía un setter,
de color indefinido a la escasa luz del
crepúsculo, que andaba con fatiga. Se acercaban pausada y silenciosamente a la
casa.
No esperé más. Creo que balbuceé
algo respecto a que se me había hecho muy tarde y salí disparado por la puerta
principal. Y luego, por el camino, por fortuna cuesta abajo, llegué corriendo
hasta el pueblo. Apenas tuve ganas de cenar y esta noche casi no he dormido. El
poco rato que lo he hecho he visto a las tres figuras emergiendo del pantano. Y
en los ratos de vela me preguntaba si lo que había visto era un efecto derivado
de compartir la poderosa ilusión de la desdichada viuda, o si, como me parecía,
era algo real lo que habíamos visto los tres que estábamos en la casa. Y en
este caso, ¿qué aspecto tendrían esos seres que habían permanecido tres años
enterrados en el fango?, ¿qué habría pasado cuando llegaran a la casa?, y, en
fin, ¿qué habría sido de las dos desdichadas que estaban allí?
Pero no me voy a quedar para
averiguarlo. En estas condiciones, prolongar mi estancia aquí no sólo es inútil,
sino perjudicial. Sólo dudo si informaré a Elisa de lo ocurrido, o pretextaré
cualquier cosa como motivo de mi extemporánea vuelta.
Ya he averiguado cuando pasa el próximo tren y
he hecho mis maletas para cogerlo. Y como me sobraba tiempo, he decidido
escribirte esta carta, para poner por escrito mis impresiones antes de que el tiempo y la distancia atenúen el horror que me ha
producido la visión que tuve ayer tarde. Por lo demás, en cuanto llegue a
Madrid veré si puedo marcharme en seguida a aquel sanatorio suizo del que
estuvimos hablando. Aunque sea caro, mi estado de salud es lo primero. Ya te
escribiré más despacio cuando esté allí.…”
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