jueves, 11 de enero de 2018

Introducción a mi relato


INTRODUCCION A LA HISTORIA DE “TERROR”

 El día era claro, el cielo de un azul intenso sin nubes que impidieran la magnífica visión del lugar. La cumbre de la rocosa cima se recortaba en el cielo, permitiendo delinear perfectamente todos los entrantes y salientes de la pequeña elevación. El hombre, ataviado con una chaqueta gruesa, una mochila y un gorro de ala ancha, miró hacia arriba y sonrió. El lugar era perfecto para la ubicación de un poblado. De hecho, cuando estudiante, había acudido allí para colaborar en la excavación arqueológica de un poblado íbero. Desde donde estaba, se podía distinguir los restos de los muros de las edificaciones que habían podido rescatar del olvido, catalogar e incluir en los listados de yacimientos a proteger.
Sin embargo, su objetivo en ese momento era otro. El poblado no presentaba especiales características diferenciadoras de otros que había excavado a lo largo de su trayectoria profesional, pero sí las tenía un monolito de piedra que se encontraba al pie de la montaña, en una zona especialmente llana y libre de vegetación y que, a pesar de ello, no era visible desde cualquier punto de vista, como si quisiera esconderse de ojos ajenos. Había que acercarse mucho al lugar exacto para encontrarse, casi de bruces, con el antiguo monumento que se conservaba todavía en pie.
El conjunto en sí lo formaban tres piedras colocadas en vertical, una de mayor tamaño en el centro que se apoyaba sobre otra de tamaño algo menor, y una tercera más pequeña situada en la parte superior del conjunto. La piedra no debía ser originaria del lugar, puesto que se trataba de un tipo de arenisca de color gris oscuro y en toda aquella zona no se había encontrado ninguna cantera de este material. Le hubiera gustado tener más conocimientos de geología, para saber exactamente qué tipo de rocas componían la figura, las tres de un color muy uniforme que resaltaba sobre el predominante marrón rojizo de todo el paisaje circundante. Así que se había conformado con la descripción que hicieron en su día cuando excavaban el poblado cercano: arenisca tipo grauvaca, de color gris oscuro, compuesta por feldespatos y micas, con agregados microcristalinos de cuarzo, feldespatos, clorita y sericita. Descripción que no lo ayudaba en absoluto para conocer el significado del objeto erigido en aquel lugar.
Se acercó un poco para observar con detenimiento un orificio perfectamente circular que había en la piedra mediana que servía de soporte a la principal. Supuestamente había servido en origen para colocar allí algún tipo de palanca para elevar la roca y ponerla en su lugar. Sin embargo, la piedra mayor no tenía ningún orificio parecido, lo que hacía pensar en cómo pudieron erigirla. Tal vez empleando la mediana como palanca. La pequeña tuvo que ser más fácil de colocar, puesto que por su tamaño entre dos o tres personas la habrían podido fijar en la parte superior.
Miró el reloj, más por costumbre que por interés, y descargó la mochila, de la que sacó un pequeño y ligero taburete metálico plegable. Buscó una ubicación cercana al monolito donde no le diera el sol de cara y se instaló allí, sacando después un cuaderno de dibujo y unos lápices de la mochila. Había decidido que lo primero que iba a hacer era dibujar el monumento desde todos los ángulos posibles, para así poder fijarse en detalles que tal vez a otros se les hubieran escapado.
Había perdido la noción del tiempo dibujando desde donde estaba, acercándose de vez en cuando al conjunto de piedras para ver esta u otra curva, cuando sintió un cosquilleo en la nuca. No era especialmente intuitivo, pero aquello se asemejaba a esa sensación de sentirse observado. Levantó la vista y miró en derredor. No había nadie. El sol ya estaba en el cénit y volvió a mirar el reloj. Habían pasado casi cuatro horas. Era el momento de un descanso. Sacó un bocadillo envuelto en papel de plata y se levantó. Necesitaba estirar un poco las piernas.
-¿Ya has acabado de dibujar? ¿Puedo verlo?
El hombre dio un salto que le hizo perder el equilibrio y tropezar con una piedra invisible. El bocadillo salió disparado de las manos, dio dos vueltas en el aire y cayó milagrosamente en las manos torpes que se ayudaron del pecho para cogerlo con dificultad.
-¡Uy! Lo siento – dijo la voz – No quería asustarte.
 El hombre se giró como pudo y se quedó pasmado. Ante él estaba una mujer joven, vestida de manera similar a la suya, que lo miraba con una sonrisa amigable mientras él intentaba recuperar la verticalidad y se sentía ridículo abrazando un bocadillo de atún con aceitunas que le había manchado la chaqueta.
-¿Puedo verlo? – repitió señalando el cuaderno con una mano. 

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El monje corría a toda velocidad por el corredor con las faldas levantadas. Subió un par de escalones y entró en la sala que hacía de biblioteca.
-¡Hermano Jeremías! – gritó nada más cruzar el umbral – ¡Ha vuelto a suceder! ¡Ha pasado de nuevo!
El mentado hermano Jeremías levantó la vista del códice que estaba copiando desde hacía ya un año y lo miró sin alterarse. El monje se acercaba jadeando y sudoroso.
-¡Es ella! – dijo bajando la cabeza y apoyando las manos en las rodillas – La han visto hoy – añadió levantando la mirada, pero sin erguirse.
Jeremías le indicó que se sentara y suavemente colocó los útiles de escritura sobre la robusta mesa inclinada. En el año del señor 1377 el mal había vuelto a hacer su aparición sobre la tierra y le correspondía a él aniquilarlo.  

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La mujer seguía allí, mirándolo, mientras él no salía de su asombro.
-Sí – balbuceó – Puedes ver el dibujo – dijo mientras se recomponía un poco de la impresión.
Ella se acercó al cuaderno que estaba sobre el taburete y lo cogió, observando el dibujo desde todos los ángulos, acercando y alejando el cuaderno de su cara, girándolo y volviéndolo a poner derecho. Lo miró sonriendo.
-Está muy bien.
-Gracias.
La mujer dejó de nuevo el cuaderno sobre el taburete y dio una vuelta alrededor del monolito rozando con su mano izquierda las piedras grises.
-Es mi lugar favorito – le dijo – ¿Y el tuyo?
-¿Favorito? Pues no sé… Tal vez. Para mí es un lugar arqueológico lleno de misterio.
La mujer lo miró fijamente.
-Hace mucho que no viene nadie por aquí – dijo frunciendo el ceño. – Pensé que se habían olvidado de mí – murmuró.
-¿De ti? – se extrañó él.
-¡Ah, no! – exclamó sonriendo de nuevo – Del lugar, naturalmente.
-¿También estudias este monolito? Es una pieza muy interesante, ¿no crees? Estoy haciendo una investigación para publicar un artículo – dijo ya más repuesto de la sorpresa – Disculpa, no me he presentado. Me llamo Jeremías – le tendió la mano.
La mujer pareció sorprendida.
-Una vez conocí a alguien llamado Jeremías… - dijo muy despacio mirando la mano del hombre con curiosidad y acercando la suya.
Apenas rozaron las manos, Jeremías sintió un escalofrío que le recorrió la espina vertebral y que desapareció cuando la mujer se alejó un poco.
-Mi nombre es Kara – dijo distraídamente volviendo a dar vueltas sobre el monolito – Que significa tormenta. ¿Qué significa el tuyo? Ah, sí… ya lo recuerdo – frunció el ceño y habló con desgana. – El que glorifica a los dioses.
Jeremías no tenía ni idea de qué significaba su nombre; a él no le gustaba demasiado. Simplemente se lo habían puesto como homenaje a su abuelo paterno y en ese preciso momento no sabía qué le había sorprendido más, si el propio significado o que ella lo supiera.
-¿Eres especialista en etimología? ¿Tal vez en antroponimia?
Kara soltó una carcajada.
-¡No! Es solo que… me interesa saber cómo se llama la gente.
Se paró delante de él, al parecer cansada de dar vueltas a las piedras. Miró hacia el cielo con preocupación.
-Tengo que irme.
Jeremías también miró al cielo. Una nube solitaria cubrió el sol momentáneamente, a la vez que se formaba un pequeño remolino de tierra a unos pasos de donde estaban. Se cubrió los ojos con las manos para evitar que le entrara el reguero de arena y le dio la espalda al remolino. Tan solo duró unos segundos. Cuando se despejó de tierra y el sol volvía a verse buscó a Kara con la mirada, pero no estaba. Dio varias vueltas al monolito para encontrarla, la llamó un par de veces e incluso volvió por el camino hasta llegar a su coche, aparcado en una zona más accesible. Definitivamente no estaba. Había desaparecido igual que había llegado.

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Nota: quisiera disculparme por la tardanza en subir el texto, que ya está fuera de fecha de corrección, pero lo quería compartir con la clase.
Carmen L. 
 

 

 

 

 

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