INTRODUCCION A LA HISTORIA DE “TERROR”
Sin
embargo, su objetivo en ese momento era otro. El poblado no presentaba
especiales características diferenciadoras de otros que había excavado a lo
largo de su trayectoria profesional, pero sí las tenía un monolito de piedra
que se encontraba al pie de la montaña, en una zona especialmente llana y libre
de vegetación y que, a pesar de ello, no era visible desde cualquier punto de
vista, como si quisiera esconderse de ojos ajenos. Había que acercarse mucho al
lugar exacto para encontrarse, casi de bruces, con el antiguo monumento que se
conservaba todavía en pie.
El
conjunto en sí lo formaban tres piedras colocadas en vertical, una de mayor
tamaño en el centro que se apoyaba sobre otra de tamaño algo menor, y una
tercera más pequeña situada en la parte superior del conjunto. La piedra no debía
ser originaria del lugar, puesto que se trataba de un tipo de arenisca de color
gris oscuro y en toda aquella zona no se había encontrado ninguna cantera de
este material. Le hubiera gustado tener más conocimientos de geología, para
saber exactamente qué tipo de rocas componían la figura, las tres de un color
muy uniforme que resaltaba sobre el predominante marrón rojizo de todo el
paisaje circundante. Así que se había conformado con la descripción que
hicieron en su día cuando excavaban el poblado cercano: arenisca tipo grauvaca,
de color gris oscuro, compuesta por feldespatos y micas, con agregados
microcristalinos de cuarzo, feldespatos, clorita y sericita. Descripción que no
lo ayudaba en absoluto para conocer el significado del objeto erigido en aquel
lugar.
Se
acercó un poco para observar con detenimiento un orificio perfectamente
circular que había en la piedra mediana que servía de soporte a la principal.
Supuestamente había servido en origen para colocar allí algún tipo de palanca
para elevar la roca y ponerla en su lugar. Sin embargo, la piedra mayor no
tenía ningún orificio parecido, lo que hacía pensar en cómo pudieron erigirla.
Tal vez empleando la mediana como palanca. La pequeña tuvo que ser más fácil de
colocar, puesto que por su tamaño entre dos o tres personas la habrían podido
fijar en la parte superior.
Miró
el reloj, más por costumbre que por interés, y descargó la mochila, de la que
sacó un pequeño y ligero taburete metálico plegable. Buscó una ubicación cercana
al monolito donde no le diera el sol de cara y se instaló allí, sacando después
un cuaderno de dibujo y unos lápices de la mochila. Había decidido que lo
primero que iba a hacer era dibujar el monumento desde todos los ángulos
posibles, para así poder fijarse en detalles que tal vez a otros se les
hubieran escapado.
Había
perdido la noción del tiempo dibujando desde donde estaba, acercándose de vez
en cuando al conjunto de piedras para ver esta u otra curva, cuando sintió un
cosquilleo en la nuca. No era especialmente intuitivo, pero aquello se
asemejaba a esa sensación de sentirse observado. Levantó la vista y miró en
derredor. No había nadie. El sol ya estaba en el cénit y volvió a mirar el
reloj. Habían pasado casi cuatro horas. Era el momento de un descanso. Sacó un
bocadillo envuelto en papel de plata y se levantó. Necesitaba estirar un poco
las piernas.
-¿Ya
has acabado de dibujar? ¿Puedo verlo?
El
hombre dio un salto que le hizo perder el equilibrio y tropezar con una piedra
invisible. El bocadillo salió disparado de las manos, dio dos vueltas en el
aire y cayó milagrosamente en las manos torpes que se ayudaron del pecho para
cogerlo con dificultad.
-¡Uy!
Lo siento – dijo la voz – No quería asustarte.
El hombre se giró como pudo y se quedó pasmado.
Ante él estaba una mujer joven, vestida de manera similar a la suya, que lo miraba
con una sonrisa amigable mientras él intentaba recuperar la verticalidad y se
sentía ridículo abrazando un bocadillo de atún con aceitunas que le había
manchado la chaqueta.
-¿Puedo
verlo? – repitió señalando el cuaderno con una mano.
●●●
El
monje corría a toda velocidad por el corredor con las faldas levantadas. Subió
un par de escalones y entró en la sala que hacía de biblioteca.
-¡Hermano
Jeremías! – gritó nada más cruzar el umbral – ¡Ha vuelto a suceder! ¡Ha pasado
de nuevo!
El
mentado hermano Jeremías levantó la vista del códice que estaba copiando desde
hacía ya un año y lo miró sin alterarse. El monje se acercaba jadeando y
sudoroso.
-¡Es
ella! – dijo bajando la cabeza y apoyando las manos en las rodillas – La han
visto hoy – añadió levantando la mirada, pero sin erguirse.
Jeremías
le indicó que se sentara y suavemente colocó los útiles de escritura sobre la
robusta mesa inclinada. En el año del señor 1377 el mal había vuelto a hacer su
aparición sobre la tierra y le correspondía a él aniquilarlo.
●●●
La
mujer seguía allí, mirándolo, mientras él no salía de su asombro.
-Sí
– balbuceó – Puedes ver el dibujo – dijo mientras se recomponía un poco de la impresión.
Ella
se acercó al cuaderno que estaba sobre el taburete y lo cogió, observando el
dibujo desde todos los ángulos, acercando y alejando el cuaderno de su cara,
girándolo y volviéndolo a poner derecho. Lo miró sonriendo.
-Está
muy bien.
-Gracias.
La
mujer dejó de nuevo el cuaderno sobre el taburete y dio una vuelta alrededor
del monolito rozando con su mano izquierda las piedras grises.
-Es
mi lugar favorito – le dijo – ¿Y el tuyo?
-¿Favorito?
Pues no sé… Tal vez. Para mí es un lugar arqueológico lleno de misterio.
La
mujer lo miró fijamente.
-Hace
mucho que no viene nadie por aquí – dijo frunciendo el ceño. – Pensé que se
habían olvidado de mí – murmuró.
-¿De
ti? – se extrañó él.
-¡Ah,
no! – exclamó sonriendo de nuevo – Del lugar, naturalmente.
-¿También
estudias este monolito? Es una pieza muy interesante, ¿no crees? Estoy haciendo
una investigación para publicar un artículo – dijo ya más repuesto de la
sorpresa – Disculpa, no me he presentado. Me llamo Jeremías – le tendió la
mano.
La
mujer pareció sorprendida.
-Una
vez conocí a alguien llamado Jeremías… - dijo muy despacio mirando la mano del
hombre con curiosidad y acercando la suya.
Apenas
rozaron las manos, Jeremías sintió un escalofrío que le recorrió la espina
vertebral y que desapareció cuando la mujer se alejó un poco.
-Mi
nombre es Kara – dijo distraídamente volviendo a dar vueltas sobre el monolito
– Que significa tormenta. ¿Qué significa el tuyo? Ah, sí… ya lo recuerdo –
frunció el ceño y habló con desgana. – El que glorifica a los dioses.
Jeremías
no tenía ni idea de qué significaba su nombre; a él no le gustaba demasiado. Simplemente
se lo habían puesto como homenaje a su abuelo paterno y en ese preciso momento
no sabía qué le había sorprendido más, si el propio significado o que ella lo
supiera.
-¿Eres
especialista en etimología? ¿Tal vez en antroponimia?
Kara
soltó una carcajada.
-¡No!
Es solo que… me interesa saber cómo se llama la gente.
Se
paró delante de él, al parecer cansada de dar vueltas a las piedras. Miró hacia
el cielo con preocupación.
-Tengo
que irme.
Jeremías
también miró al cielo. Una nube solitaria cubrió el sol momentáneamente, a la
vez que se formaba un pequeño remolino de tierra a unos pasos de donde estaban.
Se cubrió los ojos con las manos para evitar que le entrara el reguero de arena
y le dio la espalda al remolino. Tan solo duró unos segundos. Cuando se despejó
de tierra y el sol volvía a verse buscó a Kara con la mirada, pero no estaba.
Dio varias vueltas al monolito para encontrarla, la llamó un par de veces e
incluso volvió por el camino hasta llegar a su coche, aparcado en una zona más
accesible. Definitivamente no estaba. Había desaparecido igual que había
llegado.
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