Dos días se volvieron cuatro, y luego una semana. Las costillas se curaron a su ritmo, y con la marcha del dolor llegaron las risas y los besos. Si la marca que le había dejado la bestia tardó en cicatrizar, la cazadora decidió no preocuparse. No la había hecho un animal común, y valía la pena dejarle tiempo. Pero no se lo comentó a su panadero, ni tampoco le habló del dolor de cabeza.
Empezó a ayudar en la panadería poco después, consciente de que su brazo herido no le permitiría cazar, y tampoco habló entonces de los cambios de humor. Cuando su amante la besó en el cuello y vio su sombra estremecerse, lo único que pudo esbozar fue una sonrisa triste.
-¿Subimos mañana al molino? Padre dice que se avecina tormenta.
La lluvia abrazaba el valle, consolando a las tejas de pizarra y volviéndolas grises. El viento hacía restallar el único toldo del pueblo, un pueblo perdido en el cambio de siglo cuya posada solo tendría un parroquiano en esa noche infernal.
Su abrigo había sido negro una década atrás, llevaba un rifle al hombro y, cuando bajó de las habitaciones, el posadero dejó una copa impoluta sobre la barra.
-Mala cosa, lo del hijo del panadero.
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