miércoles, 7 de febrero de 2018

Nudo cuento de terror

Parecía un oso, eso le dijo el posadero. Fauces como el quicio de la iglesia, colmillos que brillaban a la luz de la luna y un pelaje largo e hirsuto que poco tenía que ver con la primera imagen mental de la extranjera. Ella había visto osos, sí, pero también había visitado pueblos. a nadie le gustaba que lo tomasen por loco y decir oso era mejor que decir demonio.

La puerta de la posada volvió a abrirse poco después del amanecer y por ella entró un segundo hombre, este de andares nerviosos y ojos brillantes, patillas recortadas y el aire aturullado de quién ha dormido poco. Miró a la cazadora con descuido y luego tomó luego asiento en una mesa junto a la ventana.

-Señor alcalde. -Lo saludó el posadero, y ahí ella reconoció su oportunidad.

La extranjera se levantó de la barra en que había desayunado, de nuevo impecable, eligió la silla frente al político y procuró no sonreír. El día había empezado bien.

El alcalde resultó ser aún más inquieto de lo supuesto, su voz aguda y sus palabras atropelladas.

-Hablemos de negocios.- Le había dicho ella, y con eso la conversación había tomado un buen camino. Cuando el posadero regresó a la cocina, además, se empezaron a decir verdades.

El hijo del panadero había subido al molino con la menor de sus hermanas. Había bajado ella sola, gritando y llorando, sin aliento y sin palabras. Doce horas después se celebraba un velatorio bajo la tormenta.

-Hasta ahora habían muerto solo ovejas, pero ahora… -El alcalde sacudió la cabeza, quiso decir algo y se entrecortó. Cuando volvió a hablar lo hizo entre dientes, la mandíbula tensa y la voz ronca. -El dinero no es problema si mata a a la bestia.

El dinero sería un problema, pero ella se abstuvo de mencionarlo. Le dio las gracias, tomó sus armas y emprendió el camino. El molino no tenía pérdida y el rifle de caza que llevaba colgado al hombro era toda la presentación que la extranjera iba a necesitar. Junto a ella caminaban los susurros de los locales y las miradas inquietas, compañía más que conocida. El día era tibio, una brisa rebelde jugueteando con los toldos y con el borde de su camisa. La tormenta se había marchado y en esos pueblos de montaña quizás no volviera en semanas.

Fuera como fuese, a ella no la encontraría allí.


La cazadora había esperado las marcas de garras en la puerta del molino, pero no al muchacho que esperaba junto a ella. Vestía los ojos sombríos del que acaba de sufrir una tragedia y también ropa de campo, vieja y mil veces cómoda.

-¿Habéis venido a por la bestia?

Una pregunta obvia, pero ella asintió.

-No esperaba encontrarme aquí a nadie.

Al parecer ese iba a ser el ritmo de su conversación, obviedades una tras otra. Él era panadero, hijo del panadero, y había estado en el funeral. La vida seguía, le dijo, y el mundo no iba a detenerse por una tragedia.

En el molino no quedaban marcas ni sangre, y el cuerpo había sido enterrado al amanecer. La tormenta se había llevado con ella toda pista que pudiera ayudar a identificar a la criatura, y los que la habían visto se ocultaban tras los que habían oído leyendas.

-Los lobos bajan de las montañas en invierno. -Dijo él, ella no le quitó la razón. Pero si hubiesen sido lobos no la habrían llamado a ella. Aquello era un pueblo, sus gentes conocían a sus lobos.

Ella esbozó en su libreta los zarpazos en la puerta, comprobó las balas que llevaba y que en su contrato se cubrían los gastos extras.

Él le puso la mano en la cintura, ella entrelazó sus dedos. Quizás podría quedarse un poco más.


Cuando cayó la noche y el viento se volvió helado la cazadora subió al tejado del ayuntamiento. Era uno de los pocos edificios con escalera de mano y vistas directas a la plaza, además del único que el alcalde podía cederle. La luna fue su único testigo mientras se cubría con una manta y se disponía a esperar, los cepos preparados junto a la oveja que habían sacrificado a petición suya. Por muy despejado que estuviese el cielo, esa no sería una noche tranquila.

El primer crujido que desgarró la noche fue el de garras contra piedra, un ritmo casi constante y tan débil como el viento que acariciaba las tejas. La cazadora contuvo el instinto de revisar las balas en su bolsillo. El rifle estaba cargado y las manos no le temblaban, pero se le había erizado el vello de la nuca.

Inspiró. Un chasquido, quizás una zarpa sobre los adoquines. Expiró. Un gruñido grave y sordo a sus pies, un nuevo paso.

No era un lobo ni era un oso, pero las sombras se pegaban a un manto hirsuto del color de la tinta y escondían sus zarpas. La criatuta olisqueó el aire con su hocico de zorro, gruñó de nuevo y las sombras de la plaza se congregaron junto a la oveja.

La cazadora disparó cuando las sombras lamieron la primera gota de sangre, una, dos, tres veces. La bestia  rugió y las sombras se lanzaron sobre la cabra como lobatos hambrientos, despejando la plaza y dejando reinar a la luna. Era el momento.

La siguiente bala fue de plata, directa al corazón, y la sangre en la plaza fue prueba de un trabajo bien hecho. Esa noche cobraría y al alba emprendería el camino a casa.

El crujir de las tejas fue su único aviso. Alguien con menos experiencia no habría levantado el rifle a tiempo, ella logró situarlo entre las fauces de la bestia. Apretó el gatillo una vez más, la bestia rugió y sus fauces se le cerraron sobre el brazo libre. Ella intentó no gritar. No podía retroceder, tras ella había dos pisos de caída, así que solo le quedaba una opción.

El chasquido del gatillo se oyó una vez más mientras la bestia, herida de muerte, se lanzaba al vacío. A la extranjera le faltó tiempo para agarrarse.

El dolor, limpio y puro como una hoguera entre sus costillas, vino después. Vino junto al frío, junto al particular chirrido del aire en una caída y junto a un pitido que la persiguió cuando volvió a abrir los ojos.

-El dinero no es problema. -Le diría el alcalde después, cuando fue a visitarla en la casa del panadero.

A la extranjera le explicaron lo ocurrido cuando el pitido se marchó en busca de pastos más verdes y le permitió moverse de la cama. Habían quemado el cuerpo de la bestia, le dijeron, y a ella la habían traído dos vecinos que habían observado la batalla desde sus casas. La cazadora solo se había roto dos costillas y le quedaría una cicatriz fea en el brazo, pero no iba a perderlo.

El aire olía a pan y a caramelo y el toldo que había restallado en la tormenta, quizás el único toldo del pueblo, bailaba ante de su ventana. Y cuando el panadero, hijo del panadero, subió a traerle el desayuno, la cazadora decidió que bien podía aprovechar la hospitalidad.

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