Algo se movía de
nuevo, fuera del espacio de su vehículo, lo que hizo volver a Julia de la ensoñación que le había llevado a ese
momento de su niñez retenido en su interior. Recuperando los sentidos, vio que
hacía la puerta de salida de peatones, se acercaba una persona joven, con un grueso
chaquetón con capucha. Entre los brazos el chico acariciaba, al espectro de su
alucinación, un enorme y hermoso gato negro. Antes de abrir la puerta, con una
leve sonrisa en su cara, el joven alzó el brazo y le hizo un gesto de saludo.
Julia aparcó el coche y
apagó el motor. En unos segundos llegó la calma a su mente y a su cuerpo. Todo
estaba entendido. Era un buen momento, para antes de subir a casa, tomarse una cerveza en unos de los bares de su tranquilo barrio.
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