María se acercó a aquel extraño jardín. Lo observó desde la acera, desconcertada. Entró lentamente, vacilando.
El jardín emanaba olor a podredumbre. Se encontraba lleno de matorrales descuidados, que a su paso la impregnaban de un líquido denso y pegajoso. El suelo estaba repleto de fango y un viento helado comenzó a soplar.
La luz del sol bajó como si estuviera anocheciendo.
Decidió volver de inmediato y marcharse de aquel lugar. Dio media vuelta con rapidez, pero un escalofrío recorrió su cuerpo. No reconocía el camino.
A penas había andado diez pasos...
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