lunes, 20 de noviembre de 2017

EL RELOJ DE CUCO

El tic tac del reloj del salón taladra mi cerebro. El olor a cebolla me provoca arcadas. Me mareo. Me apoyo en una pared. Los dedos de mis manos se deslizan sobre una superficie rugosa con la pintura desconchada. Mis tacones se hunden en una moqueta gris llena de lamparones.

El vendedor sigue hablando de las posibilidades del inmueble. Mi pareja asiente y sonríe. Yo bajo la mirada y veo una bola de pelusa que asoma bajo un sofá de ante granate y desteñido. El polvo se acumula en los muebles desvencijados y astillados. Estos muebles quedarán como nuevos si los lijamos y los pintamos. No doy crédito a las palabras de mi pareja.
Un nubarrón se cierne sobre el cielo y oscurece las estancias. Todos los aparatos eléctricos son nuevos, dice el vendedor. Dirijo mi mirada al televisor. Sobre él, un tapetito de ganchillo y una figura de porcelana de una gueisa. Inspiro.
Pasamos al lavabo. El grifo gotea: tac, tac, tac…. Un cerco gris recorre las paredes de la bañera. El espejo roto me devuelve una imagen distorsionada de mi rostro. Una hilera de hormigas trepa hacia la ventana. Muy espacioso, dice él.
Ya en la cocina, el agua hirviendo de una olla borbotea. De ahí proviene el olor a cebolla. Una nueva arcada. Huele muy bien. ¿A que sí, cariño? De nuevo, él.
Pasamos otra vez al salón. Tic tac, tic tac, tic tac….. Observo el rítmico movimiento del péndulo. He dejado de oír las palabras del vendedor y del posible comprador. Si aparece el cuco, me largo.

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