El
vendedor sigue hablando de las posibilidades del inmueble. Mi pareja asiente y
sonríe. Yo bajo la mirada y veo una bola de pelusa que asoma bajo un sofá de
ante granate y desteñido. El polvo se acumula en los muebles desvencijados y
astillados. Estos muebles quedarán como
nuevos si los lijamos y los pintamos. No doy crédito a las palabras de mi
pareja.
Un
nubarrón se cierne sobre el cielo y oscurece las estancias. Todos los aparatos
eléctricos son nuevos, dice el vendedor. Dirijo mi mirada al televisor. Sobre
él, un tapetito de ganchillo y una figura de porcelana de una gueisa. Inspiro.
Pasamos
al lavabo. El grifo gotea: tac, tac, tac…. Un cerco gris recorre las paredes de
la bañera. El espejo roto me devuelve una imagen distorsionada de mi rostro.
Una hilera de hormigas trepa hacia la ventana. Muy espacioso, dice él.
Ya
en la cocina, el agua hirviendo de una olla borbotea. De ahí proviene el olor a
cebolla. Una nueva arcada. Huele muy bien.
¿A que sí, cariño? De nuevo, él.
Pasamos
otra vez al salón. Tic tac,
tic tac, tic tac….. Observo el rítmico movimiento del
péndulo. He dejado de oír las palabras del vendedor y del posible comprador. Si
aparece el cuco, me largo.
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