No solía tomar ninguna bebida que contuviera la más mínima gota de alcohol, pero aquella noche había hecho una excepción.
Se apoyó un segundo en la pared que tenía más cercana porque sintió un leve mareo y cerró los ojos. Sus amigos se alejaron sin notar la ausencia.
Abrió los ojos unos segundos después y no encontró a ninguno de sus compañeros de juerga. La calle estaba extrañamente oscura, las farolas apagadas; cuando se fijó bien, se dio cuenta de que no había farolas en las paredes ni en ninguna otra parte. Tropezó tontamente y miró al suelo. Estaba pavimentado con burdos adoquines mal colocados, unos más altos que otros.
Un gato negro apareció por un lateral, maulló al mirarlo y saltó despavorido hasta una ventana de madera desvencijada.
Quiso ver dónde iba a parar la calle, pero no pudo; miró a uno y otro lado y tan solo pudo ver una espesa niebla que no dejaba ver más allá de unos pocos pasos. Sin embargo, el cielo estaba extrañamente despejado y la luna llena brillaba con fuerza.
Vio volar un murciélago, luego otro. Sintió que algo le rozaba el pelo y pegó un salto, limpiándose la cabeza compulsivamente.
Oyó un chirrido y una ventana se iluminó de repente, dejando entrever una sombra en el hueco.
Carmen L.
No hay comentarios:
Publicar un comentario