“Escribir. Como un mal de ojo.
Qué ridícula la tarea del loco en este mundo.”
—¿Qué haces? Me pregunta K desde su lado del sofá
interrumpiendo mis pensamientos.
— Escribir.
—¿Sobre?
— Sobre nada, la verdad. No tengo inspiración.
— Eso es por Lola.
—[Risotada], sí. Es lo más probable.
— Yo también la echo de menos, ¿sabes?
— No como yo, K. Sin ofender.
—Tienes razón. Pero eso no lo hace menos doloroso.
No sigas, por favor.
Pero solo lo pienso, no se lo digo. En su lugar: — ¿Nos echamos un petilla
o qué? Con la firme intención de cambiar de tema radicalmente.
—Dale.
Ha funcionado.
En la mesa, y entre la mierda
asilvestrada que reposa en ella, está todo lo necesario: el tarro con la yerba,
algún cigarro suelto y papeles arrugados. - Qué haces mañana, le pregunto
mientras desmigajo un poco de la maría y lo mezclo con el tabaco.
—No tengo pensado nada, quería
quedarme en casa tranquilo, demasiado ajetreo
últimamente, ¿por?
—No, por nada, por si se te
ocurría algún plan decente.
—Podemos acercarnos a la playa a
echar unas birras.
Con gesto desganado: —No suena
mal. Y chupo la pega del papel. —¿Fuego?
—Ahí va.
Me enciendo el cigarro y me sumo
de nuevo en la indiferencia de la página en blanco.
“Preferiría ser feliz a escribir,
Pero ya ves, me tocó de este lado"
Pero ya ves, me tocó de este lado"
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
Suele fumar sin gracia, sin
prestarle atención al cigarrillo, mirando a todos lados y echando el aire hacia
atrás o hacia arriba mientras asiente distraída ante cualquier afirmación.
Luego olisquea el ambiente como sorprendida por el tufo a tabaco que ha dejado.
Lleva el cigarro de un lado a otro, cargada de aspavientos: es extrañamente
alegre, como si fuera más la gracia inconsciente de lo que no hace la que lo
resaltara y no tanto ese deje de abandono en todo lo que sí que hace. No me
mires así, Los. Me dice frunciendo el ceño en señal de fingido reproche. Y yo sonrío.
Y me dedico a mi cerveza.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
Creo
que le da miedo la vida. Que entre todas esas capas de suficiencia y desparpajo
hay un pequeño pájaro azul asustadizo y temeroso. A veces la sorprendo mirando
al infinito mientras canturrea alguna melodía ininteligible, o juega con el
borde de la copa, o la mesa, o la punta del boli, o el filo del papel, y luego
suspira, y suspira como si anhelara que la vida se fuera de seguido detrás. Y
cuando, a veces, se da cuenta de que la observo, me sonríe con ojos tristes y
me dice sin convicción ninguna, no pasa nada, Los, no te preocupes,
adelantándose a toda pregunta que pueda hacerle.
Y entonces yo le digo: Lola,
te quiero; con cara de tonto.
Y entonces ella me dice: Ay, déjame en paz.
Y eso
las veces que decide tomarme en serio y contestar.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
Del otro lado de la mesa está K, con su inconfundible verborrea. Es como una trampa para ratones, un encantador de
serpientes. Una nínfula a la inversa. De vez en cuando levanta la vista de la
conversación y me mira con ojos interesados y sonrisa de medio lado, “hoy no
duermo en casa” creo que es lo que me intenta decir. Yo vuelvo la vista a Lola
que me mira como pensando en lo mismo que yo, y su ademán cansado, como si ya
se supiera este acto de memoria, me lo confirma. Puto K, le digo intentando que
no se enteren del otro lado. Lo de siempre, me dice sin intentar disimular que
no hablamos de ellos. K se ríe, pero lo integra en su conversación tan
magistralmente que solo nosotros tres lo entendemos, y sigue con su dilatada
cadencia y su voz granulada camelando y embaucando a esa pobre alma que en sus dominios ha osado a entrar.
Años después,
tirados en nuestro andrajoso sofá, le recuerdo a K esa escena. Sus risas exaltadas
se me pegan como si fueran un bostezo.
—Se llamaba Isa, es todo lo que
recuerdo, me dice.
—Sí, que era amiga de Lola de la facultad, ¿no?
—Sí, algo de
eso, la verdad es que no había vuelto a pensar en aquello, qué buenos tiempos.
Y
silencio después.
Un silencio a reventar de todas las cosas que no nos atrevíamos
a decir en voz alta.
— Hoy hace dos
años, es todo lo que consigo decir, y mi voz se rasga un poco, y mis cadenas se
aprietan un poco más.
— Lo sé... pero ¿sabes?, me gusta recordarla, duele menos así.
— No
creo que haya manera de hacerlo menos doloroso.
— No sé, tío, tenemos que aprender
a lidiar con esto, la realidad es brutalmente implacable, y por mucho que añoremos
algo, de la otra vida no va a volver.
Me estremezco como un epiléptico ante la
sola idea de conjugar el verbo muerte con sus recuerdos. — K, por favor, hoy
no.
— Perdona, tío, sacaste tú el tema, y yo tampoco sé muy bien como gestionarlo...
— Va, es cierto, es solo que a veces no sé muy bien si hablarlo en voz alta
me ayuda, es como que si al pretender callarlo pudiera llegar un momento en que deje de gritar
dentro de mí con tanta fuerza, y con su voz amortiguada, se haga más sencillo vivir.
— Lola nunca va a dejar de gritar con menos fuerza, ella no
es [era] así. Ignorar sus recuerdos, o más bien, fingir que los ignoras no va a
ayudarte en nada... Era mi mejor amiga también. Y yo necesito hablar de ella,
recordarla… no puedo vivir un luto que ignora al velado. A lo mejor para ti es
mejor así, pretendiendo que nunca existió, que nunca la amaste, pero para mí no,
y soy tu mejor amigo, y también te necesito en los malos momentos. Hoy hace dos
años, no pienso pasarme tres fingiendo que no la echamos de menos.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
No recuerdo bien como nos conocimos. Hace eones de aquello. Lo que sí recuerdo con claridad es que lo nuestro no fue amor a primeva vista. Ella gastaba su tiempo con novios aburridos de perfil griego, y yo gastaba el mío perdiendo el culo por una chica que poco sabía de mi existencia. Éramos muy jóvenes y muy pardillos, y cuando pienso en aquellos años me doy cuenta de que el tiempo solo ha conseguido mitigar los síntomas de nuestra pueril enfermedad, que no aniquilarlos. La cosa es que no recuerdo en que momento me enamoré de ella. Y menos aún de cuándo lo hizo ella de mí (hecho del todo inverosímil para aquellos que siguieran nuestra trayectoria de cerca). Pero así fue. En algún momento, nuestra conversación despreocupada, nuestras discusiones con vino barato, nuestros excesos en la noche, nuestras confidencias sobre parejas y sexo nos empujaron a algo parecido al amor. Y digo parecido, porque Lola y yo no sabíamos cómo amar sanamente. Como tampoco sabíamos cómo soñar sanamente, o reír sanamente, o yo qué sé, vivir sanamente. Si algo nos empujó el uno contra el otro fue la total y absoluta carencia de patrones morales, lo que nos convertía en unos bichos bastante raros y tóxicos para la gran mayoría de la insípida masa social, y nos dejaba como únicos candidatos a aguantar las penas del otro sin acabar consumidos en el intento. Creíamos en el sexo como único motor de vida, y las drogas como única vía posible de paroxismo. Hedonistas convencidos, nada de teóricos, de acción. Quemábamos cada segundo que compartíamos. Consumíamos cada centímetro cúbico de aire como si fuera heroína, gritábamos y saltábamos como engendros, desencajados, desfigurados, como si nuestros cuerpos no pudieran contener la energía que producíamos al estar juntos. Unos locos que deliraban sobre una cuerda poco tensada de felicidad. Solo un recién nacido ciego y sordo habría ignorado nuestro destino, un recién nacido ciego y sordo y nosotros, los tres seres de la creación más miopes a los subterfugios de la vida.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
J. Losada
No hay comentarios:
Publicar un comentario