Como casi todos los días de la última semana bajó
corriendo el último tramo de la escalera que daba acceso a la parada de metro
que la llevaba hasta su casa.
Se le había vuelto a complicar la tarde en el
hospital, esta vez con un señor no demasiado mayor que había sufrido un infarto
en plena calle y que como casi todos los infartos en personas que aún no eran
ancianas acababan de la peor manera. Había estado practicando la reanimación
cardiopulmonar más de cuarenta minutos, lo que marcaba el protocolo. Cuarenta
minutos de certeza. Cuarenta minutos mirando la cara de aquel pobre hombre que
sabía que nunca volvería a abrir los ojos, ni a sonreír, ni a sufrir, ni a
nada. En cierto modo lo envidiaba un poco.
Le dolían los
brazos tras el esfuerzo y también el cuello. Y hacía años ya, como una especie
de habilidad forzosa que había aprendido a olvidar el rostro de aquellos que
morían entre sus manos.
Recordó sus sufrimientos antiguos y no les dió cabida.
Se repitió que el truco era no dejar espacio. Se propuso tomar un analgésico al
llegar a casa para el dolor. Para todo su dolor.
Se dio cuenta de que desde la muerte de su hermana
hacía un mes sus días se habían vuelto demasiado parecidos.
Dormir, comer, trabajar, dormir, comer…, y aunque por
una parte la sensación que albergaba iba en contra de su espíritu inquieto
necesitaba esa rutina cuadriculada y segura para poder apaciguar el intenso
vacío que le había quedado por dentro. Sentía que un voraz agujero negro se la
iba tragando a cada minuto. Cada vez más de ella estaba en aquel hoyo y menos
de lo que reconocía aún luchaba por recuperarse y no seguir cayendo.
Consiguió entrar en el vagón de metro tras una ligera
carrera. Cuando las puertas cerraron tras ella y empezó a moverse notó un
ligero descompás entre su cabeza y su cuerpo y se mareó al percibir un intenso
olor a algo parecido a un caldo corrompido. Se puso el pañuelo que llevaba al
cuello sobre la nariz para que aquella peste no le resultara tan vomitiva.
Nueve paradas la separaban de la posibilidad de respirar de nuevo aire fresco.
Echó un vistazo rápido al vagón para ver si podría
sentarse. No estaba muy lleno así que escogió un asiento individual al lado de
la ventanilla.
Se preguntó para que servía mirar por aquellos
cristales si no se veía más que ladrillos y paredes continuas de cemento
pasando a una velocidad ridícula. Concluyó que en realidad era más una
distracción eficaz que entretenía con un paso monótono que una ventana de verdad.
Miró la televisión que tenía más cerca de ella.
Anunciaba que se esperaban temperaturas inusualmente bajas para aquella época
del año. Que se esperaba de Febrero… pensaba que era justo el frío que se
avecinaba la única cosa esperable de un mes tan poco trascendente.
Se daba cuenta de que ya casi nada le parecía capital,
ni valorable ni útil. Ni variable. Desde niña había interiorizado la seguridad
de que el destino lo escribía cada uno y aquella idea tan pueril ya no le cabía
en aquella cabeza tan descreída. Había constatado una y mil veces por donde se
pasaba el destino a la gente que creía que podía dirigir o escoger lo que la
vida le ofrecía.
Tenía ya desde hacía tiempo la impresión de que por
mucho empeño que uno pusiera en mantenerse en una dirección concreta la cosa
acababa yendo por donde fuera que fuese menos por donde se pretendía ir.
Intentaba distraerse concentrándose en palabras que
comenzaran por F de Febrero y sin darse cuenta empezó a observar por el reflejo
de los cristales a los demás pasajeros.
Se volvió a confirmar a sí misma lo que tantas veces
había pensado del mundo que venía. Este mundo se quedaría ciego de realidad por
la cantidad de personas que ya sólo miraban su móvil y tecleaban incesantemente
en aquel mundo paralelo y virtual repleto de clicks. Sin constancia del espacio
ni del tiempo que transcurría a su alrededor se estaba perdiendo el contexto
completamente. Y a nadie parecía importarle. Pensó entonces que podría practicar
sin disimulos su distracción favorita. La observación.
Comenzó a prestar atención a una pareja de niñas que
por la tersura de su piel debían tener unos quince años y que iban de pie una
al lado de la otra. Se cogían de la mano y recordó lo Fabuloso que era el tacto
del amor a los quince. Aunque no dejaban de mirar sus pantallas parecía que sus
cuerpos se acercaban el uno al otro como si estuvieran imantados. Se atraían y
se orbitaban exactamente igual que el suyo y el de su hermana hasta hacía un
mes.
—Gemelas… se dijo mientras caía unos metros más hacia
aquel vacío.
Pensó entonces en la Fatalidad del amor y también en
su Fugacidad.
Cerró los ojos un segundo como queriendo atraer hacía
ella misma aquella lejana sensación y al abrirlos se encontró con aquella
intensa mirada de una transparencia gélida. Le pareció por un momento que las
cuencas de los ojos de aquella mujer que la observaba al final del vagón
estaban vacías.
Y por un instante tuvo la extraña impresión de que la
conocía de siempre…
Tras sentir un escalofrío, por un acto reflejo desvió
la vista de nuevo hacia la pareja de niñas que por desgracia en ese momento
apretaba el botón de stop para bajar en la siguiente parada.
Fin de trayecto, se decía al mismo tiempo que una
media sonrisa se le dibujaba en la cara.
Volviendo a cerrar los ojos de nuevo pensaba en
Frugal, Fenómeno, Fortaleza…
—Fin de trayecto.
Se le erizó el vello de todo su cuerpo y una sensación
de malestar físico le inundó de nuevo. No solo era porque aquel asqueroso olor
volvía a recrudecerse otra vez si no porque hubiese jurado que no había sido
ella la que había pronunciado aquella frase en su interior. Le había sonado
como si otra persona la hubiese dicho por ella. No solo con otra voz si no con
un tono muy distinto.
Desconcertada se convenció a sí misma de abrir de
nuevo los ojos.
Al hacerlo, se encontró a dos palmos de su cara sentada
justo frente a ella a aquella mujer que hacía un segundo la escudriñaba.
Esta vez, le estaba sonriendo como esperando alguna
respuesta. Como aguardando un gesto de educación o de reconocimiento.
—Con que puedes verme niña… Le susurró sin mover los
labios.
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