miércoles, 24 de enero de 2018

Introducción cuento de terror. "Tan dentro de mí". PILAR



Como casi todos los días de la última semana bajó corriendo el último tramo de la escalera que daba acceso a la parada de metro que la llevaba hasta su casa. 

Se le había vuelto a complicar la tarde en el hospital, esta vez con un señor no demasiado mayor que había sufrido un infarto en plena calle y que como casi todos los infartos en personas que aún no eran ancianas acababan de la peor manera. Había estado practicando la reanimación cardiopulmonar más de cuarenta minutos, lo que marcaba el protocolo. Cuarenta minutos de certeza. Cuarenta minutos mirando la cara de aquel pobre hombre que sabía que nunca volvería a abrir los ojos, ni a sonreír, ni a sufrir, ni a nada. En cierto modo lo envidiaba un poco.

 Le dolían los brazos tras el esfuerzo y también el cuello. Y hacía años ya, como una especie de habilidad forzosa que había aprendido a olvidar el rostro de aquellos que morían entre sus manos. 

Recordó sus sufrimientos antiguos y no les dió cabida. Se repitió que el truco era no dejar espacio. Se propuso tomar un analgésico al llegar a casa para el dolor. Para todo su dolor.

Se dio cuenta de que desde la muerte de su hermana hacía un mes sus días se habían vuelto demasiado parecidos. 

Dormir, comer, trabajar, dormir, comer…, y aunque por una parte la sensación que albergaba iba en contra de su espíritu inquieto necesitaba esa rutina cuadriculada y segura para poder apaciguar el intenso vacío que le había quedado por dentro. Sentía que un voraz agujero negro se la iba tragando a cada minuto. Cada vez más de ella estaba en aquel hoyo y menos de lo que reconocía aún luchaba por recuperarse y no seguir cayendo.

Consiguió entrar en el vagón de metro tras una ligera carrera. Cuando las puertas cerraron tras ella y empezó a moverse notó un ligero descompás entre su cabeza y su cuerpo y se mareó al percibir un intenso olor a algo parecido a un caldo corrompido. Se puso el pañuelo que llevaba al cuello sobre la nariz para que aquella peste no le resultara tan vomitiva. Nueve paradas la separaban de la posibilidad de respirar de nuevo aire fresco.


Echó un vistazo rápido al vagón para ver si podría sentarse. No estaba muy lleno así que escogió un asiento individual al lado de la ventanilla. 

Se preguntó para que servía mirar por aquellos cristales si no se veía más que ladrillos y paredes continuas de cemento pasando a una velocidad ridícula. Concluyó que en realidad era más una distracción eficaz que entretenía con un paso monótono que una ventana de verdad. 

Miró la televisión que tenía más cerca de ella. Anunciaba que se esperaban temperaturas inusualmente bajas para aquella época del año. Que se esperaba de Febrero… pensaba que era justo el frío que se avecinaba la única cosa esperable de un mes tan poco trascendente. 

Se daba cuenta de que ya casi nada le parecía capital, ni valorable ni útil. Ni variable. Desde niña había interiorizado la seguridad de que el destino lo escribía cada uno y aquella idea tan pueril ya no le cabía en aquella cabeza tan descreída. Había constatado una y mil veces por donde se pasaba el destino a la gente que creía que podía dirigir o escoger lo que la vida le ofrecía.

Tenía ya desde hacía tiempo la impresión de que por mucho empeño que uno pusiera en mantenerse en una dirección concreta la cosa acababa yendo por donde fuera que fuese menos por donde se pretendía ir.

Intentaba distraerse concentrándose en palabras que comenzaran por F de Febrero y sin darse cuenta empezó a observar por el reflejo de los cristales a los demás pasajeros.

Se volvió a confirmar a sí misma lo que tantas veces había pensado del mundo que venía. Este mundo se quedaría ciego de realidad por la cantidad de personas que ya sólo miraban su móvil y tecleaban incesantemente en aquel mundo paralelo y virtual repleto de clicks. Sin constancia del espacio ni del tiempo que transcurría a su alrededor se estaba perdiendo el contexto completamente. Y a nadie parecía importarle. Pensó entonces que podría practicar sin disimulos su distracción favorita. La observación.

Comenzó a prestar atención a una pareja de niñas que por la tersura de su piel debían tener unos quince años y que iban de pie una al lado de la otra. Se cogían de la mano y recordó lo Fabuloso que era el tacto del amor a los quince. Aunque no dejaban de mirar sus pantallas parecía que sus cuerpos se acercaban el uno al otro como si estuvieran imantados. Se atraían y se orbitaban exactamente igual que el suyo y el de su hermana hasta hacía un mes.
—Gemelas… se dijo mientras caía unos metros más hacia aquel vacío.

Pensó entonces en la Fatalidad del amor y también en su Fugacidad.

Cerró los ojos un segundo como queriendo atraer hacía ella misma aquella lejana sensación y al abrirlos se encontró con aquella intensa mirada de una transparencia gélida. Le pareció por un momento que las cuencas de los ojos de aquella mujer que la observaba al final del vagón estaban vacías. 

Y por un instante tuvo la extraña impresión de que la conocía de siempre…

Tras sentir un escalofrío, por un acto reflejo desvió la vista de nuevo hacia la pareja de niñas que por desgracia en ese momento apretaba el botón de stop para bajar en la siguiente parada.
Fin de trayecto, se decía al mismo tiempo que una media sonrisa se le dibujaba en la cara.

Volviendo a cerrar los ojos de nuevo pensaba en Frugal, Fenómeno, Fortaleza…

—Fin de trayecto. 

Se le erizó el vello de todo su cuerpo y una sensación de malestar físico le inundó de nuevo. No solo era porque aquel asqueroso olor volvía a recrudecerse otra vez si no porque hubiese jurado que no había sido ella la que había pronunciado aquella frase en su interior. Le había sonado como si otra persona la hubiese dicho por ella. No solo con otra voz si no con un tono muy distinto.

Desconcertada se convenció a sí misma de abrir de nuevo los ojos. 

Al hacerlo, se encontró a dos palmos de su cara sentada justo frente a ella a aquella mujer que hacía un segundo la escudriñaba. 

Esta vez, le estaba sonriendo como esperando alguna respuesta. Como aguardando un gesto de educación o de reconocimiento.

—Con que puedes verme niña… Le susurró sin mover los labios.

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