jueves, 25 de enero de 2018

Introducción cuento de Terror

La lluvia abrazaba el pueblo como un sudario, cubriendo las tejas de pizarra y volviéndolas grises. Un oyente experto habría podido reparar en el restallar de los toldos de la panadería, ahora juguetes involuntarios del viento que acompañaba al chaparrón de aquella tarde, o en cómo la bombilla aún encendida era la única luz aún viva tras la densa cortina de agua.

Pero el pueblo era un pueblo de montaña, uno de tantos que se había quedado perdido en el cambio de siglo, y sus gentes sabían cosas que los jóvenes ignoramos. Sabían, por ejemplo, que una noche de luna llena no era el momento de caminar al raso, y mucho menos en plena tormenta. Sabían también que la puerta de un hogar no se abre a voces olvidadas ni a aquellos que no quieran aceptar un vaso de agua a cambio de su hospitalidad, igual que sabían que hay cosas peores que los lobos que esperan a los incautos. Había pues solo dos puertas abiertas esa noche infernal, la iglesia y la posada de la calle mayor, y fue a esta última a la que llamó el viajero.

Su abrigo había sido negro una década atrás, sus botas se veían ajadas incluso tras la capa de barro acumulada en su demente travesía y la bufanda de paño, un intento audaz de que la lluvia no le empapase la camisa, había fallado estrepitosamente en su cometido. Fue al quitársela que el posadero se tuvo que corregir, pues el extranjero era una mujer, si bien no una que hubiese pisado antes el pueblo. La recordaría, de ser el caso.

-¿Presumo que queréis un plato caliente y una habitación? -Le preguntó el posadero, dejando sobre la barra una copa que había estado fregando. -No es momento de tomar el aire.

La viajera bufó, un intento afónico de risa. -Presumís bien. No habría llegado a estas horas de haber tenido elección, pero recibí la noticia anoche.

El posadero gruñó, su rostro ahora serio. -Mala cosa, lo del hijo del panadero.


La viajera bajó de las habitaciones mientras el campanario anunciaba la medianoche, aunque el fragor de la tormenta no le habría permitido oírlo. Había cambiado la camisa de caza por un jerséi oscuro y se había soltado el pelo, y cuando pasó un dedo por la barra y comprobó que estaba impecable asintió, satisfecha. Había estado en lugares mucho peores. El posadero había tenido el detalle de colgar su abrigo junto a la chimenea y de algún modo también el tiempo para lavar el suelo de la entrada. Tres copas más adornaban la barra, ni una mota de polvo en el cristal, y junto a ellas una jarra de cerveza.

-Invita la casa. -Oyó al posadero, la voz grave y seria. -La comida estará en un minuto.

La viajera asintió, rebuscando en los bolsillos de su destrozado abrigo hasta dar con una libreta de papel grueso, razonablemente seca, y un bolígrafo de campaña. Cuando el posadero llegó con el plato fue cuando la mujer empezó su trabajo.

-¿Qué podéis decirme de la bestia?

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