lunes, 5 de febrero de 2018

Subterráneo - nudo



Recorrió muy pausadamente cada metro de la primera planta, miraba de frente pero su visión se ensanchaba hacía cada lado de su coche y hacía cada hueco que quedaba entre coche y coche. Notó como se le encogía el estómago y una fuerte sequedad le subía a la garganta.

A su mente llegaban de forma veloz las imágenes de terror de malas películas vistas en los años 80. En breve la sombra convertida en un ser monstruoso, en un asesino deforme u otra figura horrenda saltaría sobre el coche con un hacha e intentaría romper los cristales para luego decapitarla. Tocaba eso, era el guion.

Julia quiso reírse, era ridículo llevar a ese extremo su miedo. Trato de respirar profundamente para calmarse con ese pensamiento. Llego al final del largo sótano y giro para descender por la rampa que le llevaba al segundo subterráneo. 

Al llegar a él, oyó una voz áspera que gritaba: — ¡ven aquí!,  ¡ven aquí!, —.

El corazón empezó a bombearle a gran velocidad. Se quedó paralizada sujetando fuertemente el volante con las dos manos, como si esa fuerza le ayudase a encontrar valor.

—¿Qué hago?—pensó. Miró hacía la puerta de salida de peatones más cercana, estaba a unos veinte pasos, pero a ella, en ese momento, le parecía mucha distancia a recorrer, había suficiente espacio para que lo que fuera esa sombra se le echara encima.

Comprobó que las puertas del coche tenían el seguro puesto, no podían entrar desde el exterior. Pero eso no le daba tranquilidad. Seguía mirando con insistencia a cada lado del coche, el peligro le podía llegar desde cualquier punto.  En uno de los giros de su cabeza vio, de nuevo, pasar veloz por delante de las luces de su coche otra sombra, ésta vez era más pequeña y amorfa, no era una figura humana, como la que le había visto en la planta de arriba. Pensó en un animal que posiblemente habría salido de las alcantarillas, un espectro de ultratumba por darle un nombre, aunque ella no sabía muy bien que era eso.

La tensión y las palpitaciones del corazón aumentaron a tal velocidad que pensó que le iba a dar un infarto.

Cogió su móvil temblando, con idea de llamar a alguien para que fuera en su ayuda, quizás a una de sus hijas que vivía cerca de allí. Al ver la luz en la pantallita se acordó que no había cobertura en el segundo subterráneo, ni para el servicio de emergencias.

Julia grito mentalmente: — ¡Socorro, mamá!—. Cómo si mentar a la madre, muerta hace muchos años, le protegiese. Una nueva  imagen vino a su mente, y esta vez no era de una película, le pareció que procedía de un sueño del pasado: una niña de cuatro años, en una nueva vivienda, de una nueva ciudad, con su nueva habitación al final de lo que para la pequeña era un largo pasillo y que incapaz de atravesarlo sola por la noche, cuando se despertaba gritaba: ¡Mamá, mamá…ven a por mí!.

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